sábado, 21 de marzo de 2009

Prólogo de Enrique Lihn a 16 poetas chilenos. 1987.

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PRE PROLOGO


Este libro funciona como una antología casual de la poesía chilena.

Decir que una selección de nombres es, a la vez, la coincidencia fortuita de dieciséis autores de versos (entre los cuales unos cuantos poetas) parece un abuso de la paradoja. Quizá lo sea. Por ahora me importa poco ser el abusador. Creo que este libro, entre precaria o desenfadadamente extra-antológico, lanzado como un tiro al aire, no es menos representativo que las antologías supuestamente serias, publicadas en Chile en los últimos años para ensalzar a sus autores inmodestos y negligentes. Autoantologías implementadas con trabajos ajenos no bien discernidos, incluso astutamente mal seleccionados por esos autores (de qué?): así contrasten con los propios y les permitan lucirse o creer que se lucen.

Este libro, en cambio, en un “país de poetas” (donde todos lo son –dijo uno de ellos- menos X, su víctima) tiene la credibilidad de ciertas encuestas. Basta cualquier combinación de poetas chilenos para que ese golpe dados arroje una aproximación atendible de lo que ocurre en el país en materia de poesía. Con su dosis de incontrarrestable azar ad hoc, pero de azar no manipulado (la manipulación del azar no logra abolirlo, lo degrada).

Este libro representa a muchos otros que no se han publicado. Su representatividad casual vale. Yo mismo reuní, durante varios años, inéditos de olvidados poetas jóvenes en dos o tres archivadores extraviados, cuando dirigí unos talleres de poesía en la Universidad Católica. Y eran buenos libros a su manera. Como éste.

Finalmente, 16 poetas chilenos, “una visión diversificada” -dice su editor- tiene para mí el mérito de restablecer el viejo vínculo entre los poetas y los ambulantes de comercio (a quienes dediqué El Paseo Ahumada).

El memorable “finao de Rokha” como lo llama aquí Floridor Pérez, se autoeditaba y vendía orgullosa o, si se quiere heroicamente” su propio producto a lo largo de Chile. Todo cambia. Algo permanece.

Con la mayor modestia, al estilo de los nuevos goliardos, Erwin Díaz, también poeta, edita artesanalmente a otros. Sale a las calles con su revista El Organillo y la vende en los teatros y fuentes de soda de Bellavista, Plaza Italia y otros barrios. Vivir de la poesía en esta forma me parece a mí una manera de devolverle su utilidad pública, en la calle. Una sana manera de aterrizarla. Celebro el ingenio de la supervivencia cuando se combina con una vocación y se proyecta en un pequeño negocio de interés común.

No es que me disgusten, en todos los casos, las ediciones de lujo. Algunas de ellas son un poco repugnantonas, eso es todo. El libro destinado a los bibliófilos, que culmina con la venta de ilustraciones y manuscritos en alguna casona, casi nunca deja de presentar, en este país, síntomas de “kitsh”. Los editores de lujo tienen mal gusto, como los vulgares oportunistas platudos que, en general, son. El público de lujo está compuesto, normalmente, por anticuados snobs de chaleco de fantasía. Escasean los buenos lectores y los verdaderos diletantes.

Tampoco prefiero, en todos los casos, las ediciones artesanales, las hay que no valen nada. Tengo, simplemente, una marcada simpatía por el No a la siutiquería en todos los planos. Dada la situación que vivimos los más en Chile, ese No significa producir a favor de la pobreza general con materiales a la vista, diría un arquitecto. No contra la pobreza, disimulándola en un intento imposible de evadirla por medio de las apariencias que no engañan. En el campo cultural, el capital de la pobreza puede generar plusvalía estética para quienes saben trabajarla.

Como prologuista de este libro del que no soy responsable, como publicista del presente artículo, tengo aún otra digresión que hacer. He aceptado prologarlo sin preguntar los nombres de todos los invitados a la reunión casual de los dieciséis. Convendría no ser tan descuidado, pero uno se deja invadir por la negligencia de la ciudad alternativa.

He tenido una suerte sólo relativa. De dos de los invitados he recibido con anterioridad dardos envenenados por la prensa. Pero no importa, porque sería absurdo que me refiriera aquí a cada uno de los autores que integran este libro abierto.

He tenido la relatividad de la buena suerte: abundan en este conjunto los amigos literarios, empezando por los poetas de la llamada generación dispersa y siguiendo con los nacidos hacia el año sesenta. Así los poetas críticos o, si se quiere, los poetas y cfríticos como Floridor Pérez y Federico Schopf entre los mayores y Eduardo Llanos entre los más jóvenes. El segundo de los nombrados publicó el 86, en Roma, Del vanguardismo a la antipoesía (“ La empresa antipoética de desublimación alcanza también a los fuertes residuos de sacralización del poeta”) libro que sale al paso de las prédicas sobre Parra, que quieren leerlo “más allá de su aparente irreverencia religiosa” como si en sus trabajos “las figuras sagradas” permanecieran intangibles.

Puedo felicitar, en estas líneas desalineadas, a Gonzalo Millán, quien habrá recibido, hace un par de meses cuando ellas se publiquen, el premio Pablo Neruda, con toda justicia. Por la constancia y la calidad de su trabajo literario ocurrente y lleno de sabiduría artesanal.

En cuanto a Llanos, que casi todo lo sabe en materia de poesía y de Poética, publica aquí sobre el tema poco socorrido de la modestia, poemas que, como muchos de los suyos, se distinguen por su inteligencia de la composición. Este estudioso de la lengua poética es, virtualmente, el crítico que compensaría los dogmas de la crítica oficial, harto teológica, si viviéramos en democracia, bajo la bandera de la razón.

Su compañero de trabajo y de generación, Jorge Montealegre, además de buen poeta, es el co-creador de La Castaña, una revista de Poesía/Gráfica/Humor, que viene atravesando la jungla de Chile y su Mapocho revuelto, con un puente colgante hecho de palos y nudos, con gracia y seguridad no de sonámbulos en la cuerda floja, sino de exploradores en cuerda aplicada.

Los poetas de este encuentro, desde la Soledad Fariña hasta Malú Urriola, no difieren técnicamente de los poetas: se dividen y oscilan entre la tradición de la vanguardia –neovanguardia- y (haré una frase) la vanguardia de la tradición.

El neovanguardismo desgramaticaliza para apoyar, en la impertinencia sintáctica, sus efectos de transgresión de lo real y de lo imaginario, postulando, pues, un cierto absolutismo del lenguaje como productor, en sí mismo, de referentes. “aguarda la mueca la pasada arcillosa/en secreto el ojo aguarda celeste de trasnoche/para sus guiños de trasnoche”

Por su parte, la novedad dentro de la tradición consiste en un esfuerzo sistemático por escapar a lo ya dicho, en el estilo referencial de la prosa. Puede ocurrir que las mujeres estén puestas a dar lecciones de audacia bajo el utópico imperativo de decirlo todo, pero como la poesía no es lo contrario de la censura, siempre tendrá que tener más mérito que el de romperla. Entretanto, un buen ejemplo de tino poético en este libro nos lo da Teresa Calderón cuando escribe, blanqueando entre estos tres versos, “El espacio/en blanco/que se instaló a vivir entre nosotros” Teresa usa aquí de las palabras para imantar diagramáticamente una realidad a la que se orientan.

Para terminar con el repaso de algunas de las identidades del libro, en este texto provisorio, felicito a un poeta de los más jóvenes: José Maximiliano Díaz González. Con este nombre a cuatro manos se presentó al concurso de poesía de la Editorial Sin Fronteras, un escritor cuya existencia ignorábamos totalmente los integrantes del jurado, que le otorgamos el premio. Su trabajo “volado” y riguroso, que se sienta en el piano de palabras, haciéndolo sonar en el buen sentido de la expresión, llamará la atención. Las desconstrucciones tienen que ver con el sujeto plural de los textos entre los que se esconde el autor textualmente no identificado: un personaje entre una serie de personajes que hablan en sus versos.

Y eso sería, casualmente, todo.

Enrique Lihn
Noviembre 87


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