domingo, 26 de abril de 2009

LIHN, LA POÉTICA DE LO OTRO




Por Marcelo Mellado S.
Escritor, profesor y colaborador de la Revista de Crítica Cultural.
En Página Abierta. Nº. 44, 8 al 21 de julio de 1991


El lugar de Enrique Lihn en la literatura nacional es uno seguro y ubicable, pero a distancia de los centros de decisión consagratoria; refractario a los procesos de canonización a que la institución literaria somete a aquellos que les interesa entrar al panteón de las letras locales.

Su obra poética es víctima, por un lado, del tributo que debe pagar a la obra parriana: Lihn vendría de la antipoesía, generacionalmente hablando, de aquella práctica poética que marca distancia con la épica nerudiana y que se reconoce distintivamente por la instalación de un gesto oral-coloquial en la poesía; en este punto, su búsqueda se orienta hacia una indagación intelectual de lo poético, hacia la constitución/transformación de un sujeto poético otro. Aquí comienza la orfandad paradojal de Lihn y que sería su compañera, aquella solitaria praxis productiva que, a pesar de todo, reconoce padre (toda una orfandad sin parricidio).

Por otro lado, está el quiebre cultural impuesto por la dictadura, lo que implicó un ajuste institucional cuyos resultados se advierten en la invención arbitraria de una continuidad poética que coronaría a Zurita como el vate del período -un no f(o)iliado, un sin antecedente del pasado poético maldito por las circunstancias, un pajarito nuevo fácilmente neutralizable por la política del período.

Habría una cierta relación de simetría entre dos fórmulas de inserción poético-cultural (en una de ellas estaría Lihn) que se distinguiría en su modo de relacionarse con los centros institucionales: tenemos los proyectos de Parra/Zurita, sancionados consagratoriamente por los aparatos en que no dejan de tener cierta importancia táctica algunos equívocos en política contingente, y las propuestas Lihn/Martínez (Juan Luis), que se instalan en una línea paralela, pero no análoga. Con esto, no pretendo decir que éstos hayan sido omitidos por el aparataje sancionador, en ningún caso. El juicio que ellos reciben no dejan de consignarlos y validarlos con asignación de sitios específicos en nuestro Parnaso, pero, interpretando metafóricamente estas asignaciones, se trataría del cuerpo (institucional) que "sanamente" acepta la enfermedad y la muerte como algo propio, algo de su pertenencia residual.

La simetría aludida también tendría un correlato político a secas, pero que ilustra algo las relaciones entre cultura y política: Parra y Zurita como aceptados por la derecha y el otro par asumido por los márgenes o bordes de la cultura otra o subculturas signadas por la izquierda (no diga «izquierda» a secas porque estas lateralidades, en apariencia opuestas, se han institucionalizado para un mismo lado en la recomposición democrática); todo esto dicho en un nivel de generalidad más que brutal.


ESE SUJETO

Al recordar estos tres años de desaparición de Enrique Lihn, quiero rendirle un tributo a su ausencia, no tanto a la persona del escritor ya muerto, sino a ese cuerpo de obra que se las jugó y se las juega en un proyecto desconstructor de la literatura, desarmador de su cánones y brutalmente crítico con la palabra institucional y sus presupuestos. Se trata de recordar afectuosamente ese gesto intelectual permanentemente polémico y desafiante. Recordar su ausencia es echar de menos su productividad múltiple: cada uno de sus actos de escritura -poéticos o narrativos, y los ligados a la crítica o la escena teatral- eran (son) interrogaciones críticas del fenómeno llamado literario.

Hay dos áreas en las que Lihn desarrolla esta voluntad desconstructiva en su proyecto narrativo y en su crítica, alcanzando ésta los niveles de lo público aunque sin gran resonancia; recordemos su polémica con la crítica mercurial con su texto sobre el antiestructuralismo del paradigmático Valente. Su proyecto lo podemos resumir en la siguiente cita suya: "Una literatura que surja de al autoreflexión, del pensamiento sobre sí misma". En este sentido, su obra narrativa es modélica, su proyecto intelectual es uno y es su obra narrativa la que en gran parte lo vehiculiza con eficacia: la constitución del sujeto de la escritura.

INTERROGANDO

Lihn traza con su escritura un proyecto que interroga los límites y los procesos de la producción sancionada como literaria: la facultad de literatura de la palabra, sus políticas y escenarios posibles fueron sus obsesiones de producción de obra. En su novela El arte de la palabra, Lihn instala su palabra interrogativa que indaga en el simulacro de lo narrativo -indagaciones ya comenzadas con sus cuentos Agua de arroz y Huacho y Pochocha, publicados en la década sesenta-. Dicha búsqueda se materiliza en la invención de un sujeto indagante narrador/narrativo, llamado Gerardo de Pompier (personaje que supera el espacio de lo narrativo, convirtiéndose en una especie de duende de su trabajo intelectual), un clown retro poético-narrativo, esponente de una palabra arqueológica que, parodiando el acto de lo narrativo, lo traviste en juego inverosímil. Esta puesta en jaque de lo verosímil narrativo es reafirmada en su otra propuesta novelística. La orquesta de cristal, otra parodia/simulacro de obra narrativa, su frustración interpretativa. La irrupción del inverosímil como desacralización de la actitud narrativa e intelectual, el mismo acto de escribir como ejecuci´n quebradiza. Yodo un kafkismo casi sin dato verosímil, una burocracia narrativa que opera como una maquinación anecdotizante de un sujet que narra porque no tiene nada que contar.

Su antinarrativa se convierte a veces en a-narratividad al incursionar, vía novela, en lo ensayístico como crítica a la oralidad de la novela; dicho en términos semiológicos, el discurso entimemático (la novela al servicio del ensayo), aunque salga medio pedantón.

UN APOSTADOR

Su ausencia pone de manifiesto una carencia de interlocución y polémica necesarias en nuestro ambiente cultural. Con Lihn muere una cierta modernidad cultural local que apostó fuerte -y casi siempre perdió- : fue un gran jugador del lenguaje literario y supo de la derrota; es decir, del triunfo de no haber sido neutralizado por la ocupación de lugares autocomplacientes. No diremos de él que era un marginal, de esa palabra han profitado muchos que ahora son agregados culturales u ocupan cargos ficiales como administradores de una continuidad, sinla voluntad ruptural que los regía; si diremos que eraun otro, uno que se jugó y optó por lo otro; por le trabajo con la escritura sin claudicaciones, por la producción material intelectual sin más, sin ocupar espacios sustitutivos. Su radicalidad en este punto lo puso fuera del circuito facilista de la contestataria política. Sin embargo, sus dardos c´riicos apuntaron a aparatos poderosos de la maquinación político cultural. En este sentido, Lihn hizo política: desmontó ideologías -como la mercurial- en el área específica del microespacio de la crítica, en momentos en que muy pocos lo intentaron por ese derrotero, ya sea po irresponsabilidad político cultural, por falta de consistencia o por inconciencia política (cultural). Más aún, algunos profitaron del espacio. Lihn fue, sin lugar a dudas, víctima de la musiquilla de las pobres esferas.

Su muerte también fue una productividad o parte de su propia obra, un gesto crítico de la muerte -de la escritura-, una ensoñación paródica.

La vida se despide de sí misma,
cifrándose
en esperanzadas fantasmagorías
que duran lo que dura
el trance de la muerte.
Mejor barrerlo todo
tener la cabeza limpia
como un espejo que la Señora
coja para mirarse en él
y rompa con su aliento
todopoderoso


(del Diario de Muerte)

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