jueves, 2 de abril de 2009

Reedición "Poesía de paso"


Fuente: Letras s5.

Reedición "Poesía de paso"

Enrique Lihn
poeta en movimiento


Por Mario Valdovinos
Revista de Libros de El Mercurio. Domingo 13 de Abril de 2008

Premio Casa de las Américas en 1966, "Poesía de Paso" se reedita con motivo de los veinte años de la muerte de su autor, uno de los nombres más destacados de la generación del cincuenta, hoy convertido en todo un personaje literario.

Escrito a partir de una precaria beca para estudiar museología en París, en los sesenta, tiempos de manifiestos y revoluciones, Poesía de Paso es un diario de viaje y de vida, una bitácora, la crónica de un sujeto trashumante que anota en un cuaderno de escolar el absurdo trabajo de la poesía, como quien deja una huella, un reguero de palabras y papeles sobre aquello que ve y siente. Papeles que nadie, claro está, le va a disputar.

El libro está transido de la figura de Lihn, el endemoniado de Santiago, el poeta vertiginoso, ligero de equipaje, con una maleta y un abrigo pasados de moda, nostálgico de todo y de nada, enredado en furtivos amores con Nathalie, la musa inasible a la que añora en intensos poemas de desamor: "Todo es triste -me escribes- y confuso, y yo quisiera olvidarlo todo". Si bien hubo reiteradas apariciones de esos bellos luceros en su vida, cuando retornó a Chile para volver a partir y a regresar, como un eterno viajero, a Manhattan, a La Habana, a la India, a Lima la horrible, a la estación de los desamparados donde no se quedó nunca, sino que prefirió tomar el tren equivocado.

Cierta vez, en República 475, donde tenía su oficina como profesor e investigador del Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile, me armé de valor y, llevando en mis manos la primera edición cubana del libro, ganador del premio Casa de las Américas, en 1966, le pregunté quién estaba detrás de los cinco poemas que en forma oculta o manifiesta le consagra a Nathalie. Saltándome toda la carga estructuralista que nos enseñaba, lo interrogué, con la audacia temblorosa del alumno tímido de sus cursos, acerca de su identidad: si se trataba de una invocación literaria o de una dama concreta.

Me miró con su mueca desdeñosa, casi la máscara del dolor, y confirmó de mala gana su existencia real, agregando que ella solía reírse del patetismo de los versos dedicados a su silueta.

Poesía de Paso expresa el arrobamiento del meteco ante la metrópolis, la más deslumbrante, la que visitaría en otras oportunidades, siempre en situación irregular y de desinstalamiento, a la pasada, vine a decirles que me voy. Es cierto, no hay tarde más dulce en el mundo, pero soy un extranjero, contradictorio, vacilante, desarraigado, incómodo. No me hallo, parece decir. Debía volver para dejar constancia de la belleza, aunque fuese, como él mismo la definió: "Ese ganso atravesado en el camino". No importa, allí está el poema "Catedral de Monet". Después vendrían otras ciudades europeas y el retorno a las elecciones e ilusiones de siempre, esta vez las de 1964, a propósito de las que escribe el largo poema "La Derrota". "En las urnas triunfará la amenaza del más fuerte", escribe, ante la frustración del Frente de Acción Popular y su candidato Salvador Allende, por quien había votado.

Como sus libros con frecuencia tenían algo de almanaque, incluye en las páginas finales un testamento prematuro, "Monólogo del poeta con su muerte", escrito a partir de una de sus periódicas estancias en los hospitales, aunque se trataba de un paciente de improbables diagnósticos: "Tu misma enfermedad nunca se supo". Años después los médicos lo despacharían a su departamento de la calle Passy, para concederle una moratoria y permitirle escribir su Diario de Muerte.

Había que salvar, como fuera, el escollo de la noche, pero también permanece el encanto de las muchachas vistas al pasar: "Jóvenes de otra edad, los años se cumplieron por sí mismos". Lo acechan Marx, el diablo, Freud, la sombra de la novia fugitiva. Mientras recorre, pies que dejé en París, se asombra y se ensombrece, delira, aúlla, cae en la tristeza de otra mujer, en las incertidumbres del tarot, en las profecías de madame Lulú y en la lectura de Michaux. Después calla y se lamenta: "Vuelvo a París con el cuaderno vacío, tu trasero en lugar de mi cabeza".

La amada y el horizonte se esfuman, viene la volvedera: "En mi memoria, Nathalie, y en la tuya, allí nos desencontraremos para siempre".

Poesía de paso
Enrique Lihn
Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2008, 66 páginas.


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