viernes, 17 de julio de 2009

Después de morir tienen la palabra

Después de morir tienen la palabra

La noche está para escribir sobre Edgar Allan Poe. Una lluvia ruidosa torrencial, la cola infernal de Iván El Terrible, rumbo a Cuba, la Florida o México. Un tiempo diabólico que estremece el Caribe. Es la noche del 12 de septiembre y nada se ve despejado. Los dos 11 sucedieron hace algunas horas, de un extremo a otro en el hemisferio americano en épocas y bajo signos muy distintos. El país y el mundo nunca más fue el mismo para los chilenos y para Estados Unidos está resultando igual cosa. Hay eventos que marcan épocas, como algunos escritores.

Enrique Lihn y Roberto Bolaño son dos de ellos. Y se parecen en su visión crítica de la literatura y de Chile, su búsqueda permanente, su condición trasgresora inclaudicable, y a pesar de su diferencia generacional, impactaron en un Chile contemporáneo. No se conocieron y formaron parte de la diáspora. Lihn, de la interna, y Bolaño, externa.

Enrique Lihn fue un poeta a contrapelo de la literatura oficial de Chile, un performancer, un intelectual que siempre se pronunció, estudioso de la literatura, un poeta que enfrentó sus fantasmas con dignidad hasta el final de sus días.

La primera vez que supe de él y lo vi, fue en pleno centro de Santiago, y estaba recién llegado de Cuba. Cruzó una calle y lo saludamos con Waldo Rojas. De ahí en adelante siempre sabría algo de Lihn y su poesía. El poeta de La pieza oscura y Poesía de paso fue un protagonista de la cultura chilena, aunque suene artificioso el término o el calificativo. Promotor de talleres de literatura y profesor universitario, columnista, ensayista, dibujante, teatrista, hombre de polémica, Lihn no le rehuyó a los acontecimientos sociales y políticos de su tiempo y permaneció en el Chile de Pinochet. Acuñó el famoso verso: El horroroso Chile.

Tengo una imagen fresca de Lihn, que ya he comentado, después del golpe de Estado. Una noche en la zona del parque Bustamante, conversando en una pieza semioscura con Nicanor Parra. Un apartamento, supe después, heredado de Thiago de Melho, poeta brasileño y agregado cultural en Chile en la época de Allende. Freud, la poesía, era una conversación alucinante a poco del toque de queda. Una época en que lo que uno hablara podía ser usado en su contra. Eran dos personajes de la segunda Guerra Mundial que hablaban este indescifrable y prohibido lenguaje de la poesía. Lihn sería detenido años más tarde, 1983, en El Paseo Ahumada, donde voceaba sus poemas, y Nicanor Parra vería arder una carpa donde hacía sus performances. El circo tenía un solo payaso y no era poeta.

La poesía vivía en un orfanato en el Chile de Pinochet, tomaba té una vez al día, manejaba un taxi a escondidas de su médico de cabecera, el doctor Alzheimer, que soñaba con atender al Paciente Inglés. Lihn, entretanto, tomaba nota sobre El Pingüino, que convertía en un maravilloso viaje a los glaciales del paseo de la limosna. Bolaño, que abandonó Chile muy temprano, a manos tal vez del Ejército de Salvación, el más efectivo de todos en esa época, robaba libros en la librería El Sótano de México y La Librería de Cristal. En la memoria de su mochila rumiaba, seguramente acumulaba el bolo alimenticio de su literatura, Los detectives salvajes en el D.F.

Abandonaría las escuelas, lo oficial, un patrón muy parecido al de Lihn —autor de La orquesta de cristal—, pero también el país en búsqueda quizás de una libertad ilimitada, sin los frenillos de la ortodoncia militar chilena, el autoritarismo violeta institucionalizado en la ley del embudo, y Parra sería uno de sus principales referentes: el poeta anarco, francotirador, anti establecimiento, anti todo, y antídoto de la nueva poesía castellana.

Lihn, en la escuela de demolición de lo oficial, de lo retórico, también sería otro de sus referentes. Recuerda Bolaño en un artículo que los libros robados en el D.F. le marcaron para siempre. No los daré a conocer aquí, por cábala y además para que no vuelvan a ser sustraídos en ninguna librería o biblioteca, y descansen en paz en la memoria de Bolaño. Y porque él confesaría que de ladrón de libros pasaría a simple atracador y se arrimaría, succionaría las páginas, el contenido, en un vertiginoso, voraz aprendizaje, que reflejaría en su literatura, manera de ser, expresarse en el foro político, los desplantes con que sacudió el aletargado, oficioso, acartonadamente rígido mundo de la literatura chilena.

Bolaño se formó en la calle como Lihn. Outsiders, contestatarios, innovadores en el lenguaje, una búsqueda constante y una crítica ácida en no pocas ocasiones, sin pelos en la lengua, murieron prematuramente, y siguen siendo genuinos representantes de la diáspora chilena, la interna y la de afuera. Vivieron a la deriva del sistema. Bolaño conoció la gloria en vida, premios, reconocimientos y disfrutó de sus dardos contra los escritores chilenos más reconocidos por el mercado del libro. Coincidió con Lihn en criticar a Neruda. Casi un leitmotiv en ambos. Lihn, en cambio, a quien conocí, vivió momentos estelares aislados, siempre a contra vía, y le recuerdo como si fuera ahora, manejando un pequeño vehículo de una de sus novias, atravesando por la Alameda, yo de copiloto, y el poeta de La musiquilla de las pobres esferas pasando los cambios con un dolor infinito para ese infortunado vehículo, raspándonos el alma, entre las arterias de la city y nuestra sonrisa nerviosa, sin saber si más allá nos estrellaríamos con la retórica de lo real.

Los oficiales castrenses del Premio Nacional de Literatura le negarían el lauro a Lihn y él, junto a Parra, serían las estrellas del Apagón Cultural de Chile. No recuerdo que alguien más, en aquella sórdida, demencial, arbitraria, horrorosa, siniestra, vergonzosa, perversa, dolorosa, simplemente criminal época, pidiera la palabra en Chile. Los matones de la prosa estaban en todas las calles escuchando, listos para actuar, con su cachiporra debajo de la manga, y después, a pasar a mejor vida en las oficinas del Borrón y Cuenta Nueva. Todos los adjetivos se descalificaban a sí mismos en una escalera ascendente de perversidad hacia la fosa común, que algunos denominaban bóveda celestial.

Lihn y Bolaño refrescaron la literatura chilena. Sobre todo Bolaño la narrativa, con su visión crítica, audaz, de lector insaciable, cuestionador, sin complejos, sin concesiones, sin oportunismo, sin pensar en el éxito mediático. Aun el cuerpo del delito literario de ser distinto en la narrativa chilena, entra con forceps al mercado del país austral. La Mistral fue un mito, la gran autodesterrada, y sólo se leyeron sus rondas en Chile. Como Lihn y Bolaño, no hizo concesiones al stablishment, aunque la Mistral subió al Olimpo en Suecia, y regresó sólo muerta a Chile. Ahí nos conocimos, un verano del 57, en la Casa Central de la Universidad de Chile. Yo un niño, al lado de mi madre, y ella embalsamada.

Lihn se sintió atrapado en Chile, con viajes tardíos pero reales, comentaba en su poema Nunca salí del horroroso Chile, una manera de retratar la prisión infantil de su propia historia, el claustro del Colegio Alemán, la disciplina jerárquica, autoritaria, del Chile del Paso de Ganso. Después, claro, el país entero sería un Campo de Concentración Made in FAMAE.

Lihn y Bolaño airearon la literatura chilena, la sacudieron, oxigenaron y fueron aun más allá en América Latina. El poeta continuó la rica tradición chilena, y como bien dijo en su oportunidad Gonzalo Rojas: Lihn tiene la palabra. Bolaño también la tiene ahora y después de morir. Dejó una novela de 1.000 páginas: 2666. Ciudad de Juárez y las muertas como sonámbulas del México irredento.

Nos abrirán sus páginas este mes de octubre. Llegó el dorado otoño del invierno primaveral este verano. Ni Lihn ni Bolaño fueron profetas en su tierra. La literatura sigue gozando de esa vieja buena salud de los muertos que nos dejaron su palabra viva.



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