jueves, 3 de septiembre de 2009

La modernidad imborrable de Enrique Lihn


La modernidad imborrable de Enrique Lihn Pedro Lastra: Conversaciones con Enrique Lihn. Santiago: Editorial Universitaria, 2009.

Por Marcelo Pellegrini

Revista de Libros de El Mercurio. Domingo 30 de agosto de 2009



Publicado por primera vez en 1980, reeditado en 1990 y vuelto a la luz pública este año, el libro Conversaciones con Enrique Lihn, de Pedro Lastra, revela, en cada ocasión, a un poeta diferente. El 80 mostró a un escritor en la plenitud de sus dones, que había escrito algunos de los libros esenciales de la poesía chilena de la segunda mitad del siglo pasado, sucesor indiscutible de grandes como Neruda, Mistral y Huidobro. El 90, Lihn, muerto dos años antes, era un poeta a quien teníamos que reevaluar a la luz de las grandes transformaciones que la poesía chilena había experimentado gracias a la irrupción de figuras como Raúl Zurita. La reevaluación dio resultados absolutamente positivos para Lihn, quien se transformó en uno de los referentes indispensables para las nuevas generaciones. En el 2009, esa imagen viene a ser confirmada con la relectura de este libro, que con todo derecho se ha convertido en el testimonio crítico más completo que tenemos de Lihn. La labor de Pedro Lastra en ello ha sido determinante; pocos poetas tienen la fortuna de encontrarse con un interlocutor tan informado, poeta y crítico él mismo que conoce su oficio tan bien como el autor con quien conversa. Esta nueva edición incluye un poema inédito de Lihn, y una entrevista de Óscar Sarmiento a Pedro Lastra sobre la historia de la amistad entre ambos poetas.

Lihn utiliza metáforas de sedimentación para caracterizar su actividad de escritor: cuando habla, por ejemplo, de “una instancia a favor de la memoria, de la sedimentación en ella de la palabra poética”, o al advertir que “me pueden engañar ciertos residuos de la memoria”. Ese era, sin duda, su método de trabajo; si leemos con detención la serie de monólogos de La pieza oscura, libro que Lihn reconoce como el conjunto donde encontró su voz propia como escritor, veremos que la memoria –una pieza o cámara oscura en sí misma- procede ahí por acumulaciones verbales que formarán los poemas. El precoz y destacado dibujante que fue Lihn aparece en esos procedimientos, donde el trazo negro sobre el fondo blanco acumula imágenes que luego tendrán significado. La sedimentación vuelve a aparecer cuando Lihn advierte que quiere rescatar “un concepto de la literatura que no excluye los datos de la experiencia” (ecos del concepto de “poesía situada” aparecen aquí). Lo que se va acumulando son precisamente esos “datos”, que el poeta, cual antropólogo citadino, anota incasable en sus numerosos cuadernos de apuntes. Lihn, poeta urbano por excelencia, parece haber encontrado tres ciudades ideales para su antropología poética: Santiago, Nueva York y París. Tres espacios que marcarán como pocos el cruce de la poesía y el viaje, uno de los pilares creativos más importantes de su obra.

Atención especial merecen los juicios, siempre controvertidos, de Lihn sobre figuras como Rubén Darío y Jorge Luis Borges, así como sus opiniones sobre Gabriela Mistral; éstas, a la luz de los estudios más recientes sobre la autora, cobran actualidad, sobre todo cuando se refieren a su uso del arcaísmo y a las diversas lenguas que “tironeaban”, como él dice, su poesía. Es precisamente cuando aparece el Lihn crítico que apreciamos el vacío que dejó entre nosotros su prematura muerte. Poesía y crítica nunca estuvieron divorciadas al interior de su oficio; su poesía es crítica y su crítica tiene, a ratos, aliento poético. Esa es la marca indeleble de la modernidad de Lihn, que trajo a nuestro ámbito el oxígeno de la lucidez unida a una inflexible moral creadora. Estas conversaciones son el mejor testimonio de ese compromiso, del que todavía tenemos mucho que aprender.


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