lunes, 28 de diciembre de 2009

Reseña de Enrique Lihn: vistas parciales de Adriana Valdés



Reseña de Enrique Lihn: vistas parciales de Adriana Valdés
por Matías Ayala


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Enrique Lihn: vistas parciales (Santiago: Palinodia, 2008) es una agrupación de textos sobre el poeta chileno. Como se nos informa en una nota al pie en la primera página del libro la autora fue pareja de Lihn entre 1974 y 1981 así que es posible esperar una mirada cercana a la figura del poeta. La autora se hizo conocida en Chile por su por sus ensayos sobre el arte y la literatura que emergió durante la dictadura a finales de los años ’70. Sus textos, a un tiempo fragmentarios y alusivos en sus estructuras, académicos en sus recursos bibliográficos, personales en su inteligencia y modestos en su retórica, comparados con varios otros que se escribieron durante aquella época, son especialmente legibles. Composición de lugar (1986) y Memorias visuales (2006) son los títulos que, sumados a este, los han reunido.
De esta forma Enrique Lihn: vistas parciales contiene seis ensayos y una bibliografía. Los tres más largos desarrollan, a su manera, un aspecto de aquella compleja figura que arma la vida y la obra de Enrique Lihn, el más inquieto, versátil e indócil poeta que ha emergido en Chile. Estos tres textos, debido a su disposición en el volumen, forman también una narrativa. Por esto, el primero de ellos, “El sarcasmo de la inteligencia crítica: una escena y varios fragmentos” (de 1998, 2003) comienza la escena en que por primera vez Adriana Valdés ve a Lihn en una mesa redonda en 1968 junto a las estrellas de la novelística y la crítica latinoamericana: Mario Vargas Llosa y Ángel Rama. Para entonces ella tiene 24 años y Lihn, 39. Entre los granados panelistas Lihn, héroe del texto, no destiñe. Es más, se perfila desde ahí hacia adelante como el perpetuo disidente, incómodo, ineludible, rabioso. Así, el sarcasmo, la crítica y la sátira serán los instrumentos que Lihn utilizará para mantener una distancia del mundo, sus proclamas y verdades fosilizadas.
Valdés, que en esa escena primordial –para ella– muestra la experiencia de incomodidad que causa Lihn en esa mesa redonda, prosigue su retrato para mostrar cómo en Lihn esa capacidad crítica es llevada hasta un extremo ético en su vida intelectual y práctica. Su capacidad crítica le produjo un constante desajuste con las instituciones y sus funcionarios y aquello jugó en contra de su propia necesidad de encontrar un lugar (laboral, económico, simbólico) en el mundo. Retrospectivamente, esto es una de las virtudes que hacen atractiva de la figura de Enrique Lihn: la consecuencia de su posición excéntrica y de su palabra disidente, su unión de vida y obra en su capacidad crítica. Por lo general, los intelectuales hacen sus acusaciones desde las certezas de una posición segura, de un “poder simbólico” que les confiere el podio de las letras. Ellos, seguros de sí mismos, disparan contra el mundo que ha perdido el rumbo. Sin ir más lejos, Mario Vargas Llosa lo sigue haciendo desde hace décadas, probablemente para no perder la costumbre, los lectores o porque, seguramente, cada década debe pagar más. Para Lihn, en cambio, la crítica a la sociedad también conlleva criticar la propia capacidad para hacerlo: así la literatura misma también es puesta en duda. La crítica en Lihn se encuentra trenzada de forma inevitable, dramática y paródicamente. Por esto, sostiene Valdés, Lihn “trabajaba sus incomodidades y sus ascos” (30) y aquella negatividad es una forma de lucidez y precariedad que le resulta atractiva.
Si el “Sarcasmo de la inteligencia crítica” abre el libro y presenta a Lihn como el crítico furibundo, el segundo de los ensayos extensos “La poesía: Santiago, París, Manhattan” despliega su vida y poesía como un perpetuo paso entre un lugar otro. Si uno se atiene a las cuestiones biográficas, no es de extrañar que Adriana Valdés lo retrate así, Lihn hizo una gran cantidad de viajes (1975, 1976, 1978, 1980 al menos) durantes los años que duró su relación amorosa. Incurro en una innecesaria falacia biográfica ya que, como bien nota la autora, los viajes son un motivo central en la poética de Lihn que cubren desde Poesía de paso (1966) hasta Pena de extrañamiento (1986). Adriana Valdés contrasta el París en donde el poeta como flâneur intenta ligarse a la cultura metropolitana para reconocerse un meteco latinoamericano (Poesía de paso, 1966, Algunos poemas,1972 y París, situación irregular, 1977); el Nueva York alineado que le produce fascinación y repulsión (A partir de Manhattan,1979) y Santiago de Chile. No el represivo Santiago de los años ’80 (El paseo Ahumada,1983 o La aparición de la virgen,1987) –más bien apenas, entre las páginas 90 y 93– sino el formativo Santiago de los años ’40 y ’50. La experiencia urbana se desplaza al espacio formativo, a ese poco elaborado núcleo traumático que es la experiencia de la infancia y la educación juvenil en la obra poética de Lihn. Poemas como “La pieza oscura”, “Bella época” y, por supuesto, “Nunca salí del horroroso Chile” son los leídos.
Como nos informa su autora en el “Prefacio” tras veinte años después de la muerte de Enrique Lihn ha podido tomar la distancia suficiente para llevar a cabo este libro. Esto se comprende cuando se sabe que Adriana Valdés acompañó a Lihn durante ese último tiempo antes de morir y que, además, editó Diario de muerte (junto a Pedro Lastra) el libro final el poeta escribió una vez que se supo desahuciado. El tercer ensayo de este libro, “La escritura de Diario de muerte: un testimonio presencial” es, sin duda, a lo que la autora se refería con tomar distancia, ya que es un recuento personal de la circunstancias finales del poeta. Posiblemente ha de ser el texto que despertará mayor interés del volumen, no sólo porque debido a la escasez de textos sobre el poeta, sino al dramatismo de su contenido. La distancia, eso sí, ha sido lograda y pese a lo agónico del asunto se arma un relato convincente, doméstico e interior, testimonial y colectivo, humano y literario.
Frente al Lihn distanciado y el viajero incómodo de los textos anteriores acá tenemos uno ya más personal, doméstico, limitado a luchar con su propio cuerpo y cuyas salidas son reducidas a expeditas salidas recreaciones y viajes a hospitales. El relato de su enfermedad, operaciones y decaimiento, la forma en que Lihn se enfrenta a ella y que la transmuta en poemas de Diario de muerte es la primera materia de este texto. Las descripciones de sus esfuerzos en escribir ese último libro muestran su determinación de no dejarse vencer por sus propias angustias del fin inminente y su progresivo ensimismamiento. Su rechazo a las drogas para mantener la lucidez es otra muestra de la cómo el Lihn se aferró hasta las últimas consecuencias y momentos a sus cualidades cognitivas y a la escritura poética. La escritura, la vida y la muerte se confunden.
Por otra parte, este testimonio relata las relaciones que Lihn establece con las demás personas, como amigos (escritores y artistas), personas cercanas (como ex parejas) y, en menor medida, familiares. Las visitas, el apoyo práctico y psicológico, algunas conversaciones privadas y el funeral –estrictamente laico– se encuentran retratados. Desfilan por estas páginas una galería de personajes con nombre y apellido del mundo cultural santiaguino, como el mismo Diario de muerte también los registra, algunos con ironía y distancia. Valdés comienza el texto estipulando el deseo de dar un testimonio, “Circulan muchas versiones inexactas” (108) sostiene, con su voluntad de aclarar lo que pasó. Probablemente la cantidad de personas involucradas y la falibilidad de la memoria se conjuguen para esto.
Estos tres ensayos, cada uno a su manera, muestran una faceta de Enrique Lihn: el crítico de los demás y la literatura y sí mismo; el latinoamericano que viaja a las metrópolis fascinantes y alienadas; y el poeta desahuciado que debe enfrentarse a la rapidez fulminante de la muerte. En cada uno de estos aspectos la figura de Lihn es amplia, ya que abarca la poesía, su posición intelectual y las relaciones sociales y humanas. No obstante, como la autora reconoce (15), este libro ilumina algunos aspectos de la figura de Lihn. Quedan, afuera, por ejemplo, sus estadías en Cuba, su poesía amorosa, su excéntrica novelística, happenings y videos o el Santiago dictatorial. Es particularmente productivo en este volumen el uso de los ensayos compilados de Lihn en El circo en llamas y algo menos –por más reciente sin duda– Textos sobre arte que la misma autora junto a Ana María Risco editaron este año.
Es de esperar que Enrique Lihn: vistas parciales sea el primero de una serie de textos que den cuerpo a y la vida y acción cultural de Enrique Lihn, la que cubre el Santiago de Chile los años ’50, la Cuba de finales de los ’60, las universidades norteamericanas de los años ’70 y ’80 y, last but not least, su acción cultural durante la dictadura. En todos ellos, a pesar de tender hacia un individualismo disidente, Lihn fue capaz de aglutinar a muchos en torno a ideas, proyectos y obras.

Enero de 2009

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