domingo, 14 de febrero de 2010

Ciruela la loculira

Ciruela la loculira

Saúl Yurkievich, uno de los principales exponentes de la actual poesía latinoamericana que ha destacado también en el terreno de la crítica literaria, ha venido a México a impartir un curso de Poética del Vanguardismo, a nivel de postgrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM /Margarita Pinto, Sábado, 21/11/81

El argentino Saúl Yurkievich pertenece a ese grupo de “autores latinoamericanos” que se la pasa a los brincos entre las universidades europeas y americanas (estas, gringas o no), acogido con carácter profesoral por razones que pueden atribuirse al vasto auge academista en que esas instituciones duermen la noche del poder. En la revista Texto crítico, que dirige su similar uruguayo Jorge Rufinelli, SY publicó Los disparadores poéticos, kilométrico escrito de donde retrotraigo algunas unidades de longitud –apenas apostilladas por mínimas pertinencias: “Los poetas que empezábamos a publicar en la década del 60 sentíamos necesidad de restablecer los vínculos con el Vallejo de Trilce, con el Neruda de Residencia en la tierra, con el Huidobro de Altazor, con el Girondo de En la masmédula (…)”; “Queríamos devolverle” (a la poesía) “el talante humorístico y el talante lúdico, devolverle la disponibilidad de dispersarse en cualquier dirección y de disparar; queríamos desacralizarla, desacartonarla” (…) “dotarla de la máxima amplitud de recursos para que pudiera decir la totalidad de lo decible. Tal es la poesía que por aquellos años escribíamos, entre otros, Ernesto Cardenal, Roque Dalton, José Emilio Pacheco, Juan Gelman, Enrique Lihn, Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza y yo”. Batiéndose entre los ingredientes de esa inconcebible masa poética, el expositor nos ilustra sobre sus propios libros: “La poesía polimorfa y politonal de Ciruela la loculira (1965), adscripta al temperamento y a las prácticas dadaístas, opera con los ready mades verbales: el aviso clasificado, la receta culinaria, el conjuro, las fórmulas publicitarias, la charada, la adivinanza, las rondas infantiles, el trabalenguas, la jerigonza, las frases hechas, el dicho, el refranero”. He aquí una muestra de tal trabajo: “colorines como jugando/ sonsonetes a la musa/ la musa cacaratuza/ al uni doli/ treli cateli/ quili quileta/ al don al don/ al don de decir/ al son al son/ al son de soñar/ sondar sonsacar/ patapumbas/ pampiroladas…” Como era de inesperarse este poema se llama Pastel de palabras. Pero, claro se trata de una poesía “proclive al juego de palabras” (que) “explota las posibilidades de composición y descomposición de la lengua”; (que) “coquetea con el galimatías, la cacofonía y el dislate”, por cierto con éxito plausible, y más todavía por cuanto “enjambre de signos, cultiva la desfachatez, busca el desparpajo” (y) “fomenta las reversiones humorísticas”, todo lo cual alcanza hasta la sórdida hez. De otro de sus libros, dice: “Concebí Fricciones como una poesía ni cardio ni encefalograma, cuyo epicentro no fuese mi individualidad sicológica. La quise ni autoconfesión ni autobiografía, no circunscrita a mi subjetividad empírica, de modo tal que los yoes del mensaje no se identificasen necesariamente con el yo del emisor”. No tenía por qué preocuparse: “percuten repican repercuten/ como si todas las cucharitas al unísono/ revolviendo el azúcar del mundo/ con violencia/ retumbaran/ y la rompiente adentro/ desborda atolondrada/ se te atraganta adentro/ la belleza”, ¿o las cucharaditas? En escritura como esta “sonido y sentido se coaligan concertando esa homofonía homóloga u homología homófona que traza su travesía fusora por debajo de las limitaciones morfosintácticas para imponer una simpatía subgramatical”. Es, como con lucidez pondera y más lúcidamente advierte SY, una poesía “de torrenciales esfínteres” que hasta esta página salpica: “mi palabra bucea en la bullente riqueza del fondo corporal, incrementa su concreción sensible, adensa su materia por contacto con lo craso y lo grueso, con lo digestivo, con lo genital”, y entonces “El poema se muestra como maquinación lingüística con el mecanismo a la vista, sin ocultar su condición de artilugio retórico”. Y lo que sigue: “los péndulos los pantanos/ los péndulos pantaneses/ los pantanos pendulares/ los párpados los desparpajos/ los párpados desparpajados…”, son versos que el autor compuso a Los prismas urticantes.

Y todavía su último libro se llama Rimbomba.

(1981)



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