viernes, 5 de febrero de 2010

¿Por qué es tan artificial hablar de generaciones literarias?

¿Por qué es tan artificial hablar de generaciones literarias?

Creo que debemos partir revisando la siguiente cita de Vattimo a raíz de su lectura de Nietzsche– El carácter de «fantasma social» del yo tiene asimismo raíces «lingüísticas» (la obligación, para comunicar, de mentir según un sistema de mentiras o metáforas, socialmente aceptadas) y «disciplinares»: es la necesidad de comunicar nuestras necesidades a los otros lo que nos obliga a conocerlos de manera sistemática, a descubrirlos de una manera que resulte comprensible aunque sea superficial; -. La premisa del italiano podemos pensarla a la luz de una de las más destacadas generaciones de escritores chilenos del siglo recién pasado, la del cincuenta, que ha sido universalmente calificada como “demasiado heterogénea” para encasillarla pues ostenta nombres y proyectos escriturales como el de Lihn, Wolff, Teillier, Donoso, Alcalde, Jodorowski y Edwards entre otros. La pregunta de rigor es ¿Qué queda tras leer sus obras y revisar sus carreras por separado? Pienso que darnos cuenta que lo que Lihn hizo o Alcalde propuso por dar un par de ejemplos extremos, no da píe a dudas sobre posibles puntos en común más allá de circunstancias de nacimiento o coincidencias amparadas por el hecho de ser escritores en un medio reducido y dentro de una época que los llevó a toparse en encuentros, revistas o editoriales, formando parte de alguna antología o debido al capricho de algún crítico o académico a ser bautizados como parte del canon pues ¿Qué unión hay entre el surrealismo popular de Alcalde y la metatexualidad de Lihn más allá de ser productos literarios? En definitiva lo único real que hay entre ellos es la creación descarnada, la literatura en movimiento, el resto es prescindible… no hay manifiestos ni manera de reducirlos a un ideario unívoco, cada uno es un universo de voces, de obsesiones, incertidumbres y discursos que ante todo pierden, si queremos a la fuerza enmarcarlos para una postal o libro de liceo. El concepto de generación desde luego tiene un valor para la historia literaria y la crítica; permite ubicarnos espacial y temporalmente y sobre todo cruzar anécdotas, generar mitos para charlas trasnochadas, para tener una bonita introducción en un artículo, un buen punto de referencia pero a veces no pasa de las especulaciones y la chismografía preguntarse por ejemplo cómo tales desventuras afectaron sus escritos, quizá fueron compañeros de parranda y qué enredos amorosos los cruzaron, a qué congresos asistieron y cómo se apoyaron o ningunearon, pero de todo eso sólo queda un artificio metodológico, una moneda de cambio para sintetizar lo irreducible, el canon y la generación como su caballito de batalla es un mecanismo y como tal puede modificarse. Sorprende ver como a las generaciones se añaden o quitan nombres a conveniencia sobre todo cuando está de moda parir textos póstumos. Además hay que preguntarse, ¿Qué queda para la realidad actual con toda su virtualidad inherente y fronteras derribadas?, pensemos en experiencias límite como la de esta “generación del pdf y los blogs” llena de revistas y antologías digitales, los heterónimos y las identidades veladas además del plagio y el tráfico de información están a la orden del día, por tanto, si el caso de los del cincuenta era heterogéneo, el presente subvierte la noción de contexto inmediato y la artificialidad del concepto pondera la diferencia más que la unidad, la fragmentación de colectivos imaginarios se tiende a imponer, son geografías mentales y aldeas globales, no aldeas como las de Tolstoi, la novela mundo que soñaba Balzac ahora se pesa en bytes, esto no le quita el mérito a las antiguas tecnologías del conocimiento y diálogo, sólo las amplía, por ello el norte de Chile y su aridez por citar otro caso, no puede reducirse a la entronización de la camanchaca o las presencias tutelares como una divisa o himno de logia al cual hay que adherir como un miembro al partido, estamos hablando de arte, por tanto la noción y obsesión de generar taxonomías sólo debiera atender a la calidad de las propuestas y a esas circunstancias que fortuitamente producen una conjunción de voces en un momento y tiempo determinado, aceptando que el concepto como tal, reside sólo en la mente de los críticos y los libros de historia literaria y en la utilidad que los lectores le dan como factor metodológico. Creo que una de las victorias de este tiempo y sus ambiguas y cambiantes reglas de rápido consumo signado por los fast food y los realitys, es empujarnos a saber como Vattimo agrega El descubrimiento de la mentira, o del «sueño» (como dice el aforismo 54 de la Gaya ciencia), no significa que se pueda terminar de mentir o de soñar, sino sólo que se debe continuar soñando sabiendo que se sueña, pues sólo así se puede no perecer.


Autor: Daniel Rojas Pachas

Revista Cinosargo


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