sábado, 13 de marzo de 2010

Libros: La guerra contra la cháchara


Fuente: The Clinic.

A Enrique Lihn no le bastó con ser, con el permiso de Jorge Teillier y su pandilla de láricos, lejos el mejor poeta de su generación; fue también el crítico cultural más enconado y sagaz, un lector aventajado de la realidad, un severo observador del sofismo nacional, un poeta que llevaba consigo un “detector de mierda” (la expresión es de Adriana Valdés) siempre encendido, siempre alerta; fue, y sigue siendo, una influencia para los escritores jóvenes, aunque muy pocos, quizá únicamente Bolaño (tal vez, en un grado menor, Rodrigo Lira), recogieron ese pathos de honestidad intelectual y política que hizo de Lihn una figura incómoda para la derecha y la izquierda -fue el primer intelectual en desligarse de Cuba tras el famoso “caso Padilla”-, para la academia y el lector; básicamente, para todos.

La profesora y crítica Adriana Valdés (1943), quien fuera pareja de Lihn entre 1974 y 1981, reúne en “Enrique Lihn: vistas parciales” cuatro ensayos escritos en los últimos veinte años, uno escrito especialmente para este libro, y un nuevo prefacio: cinco “vistas parciales”, cinco piezas o ventanas que dan a ese faro de la lucidez que es la obra de Enrique Lihn.

“El sarcasmo de la inteligencia crítica”, el primero de los ensayos, refiere a la “fuerza de la negatividad de la crítica” en la obra de Lihn. Valdés piensa que esa actitud vital representa una guerra contra la cháchara, “desconfianza del verbo en el lenguaje”, una batalla contra el populismo y las modas. Queda la imagen de un Lihn incapaz de capitalizar las oportunidades que se le presentaban, un perfecto practicante de “harakiris” en la vida pública, como señala Valdés, alguien para quien la crítica era una extensión del cuerpo, un afán irremediable. Es posiblemente el mejor ensayo del libro.

En “Santiago, París, Manhattan”, Adriana Valdés recorre analíticamente buena parte de la poesía de Lihn. El resultado es dispar. El tono académico, el disfraz de turno, parece una lengua impropia al lado de la soltura, una soltura que podría venir de la sinceridad, que consigue Valdés en los otros ensayos. Son varias páginas de análisis codificados en los términos de la universidad, lo que ciertamente puede aburrir.

Con la excepción de “Diario de muerte”, un ensayo o nota necrológica apasionada en defensa de Lihn, los restantes ensayos cumplen un rol secundario. Ninguno alcanza la lucidez de “El sarcasmo de la inteligencia crítica” o la ambición de “Santiago, París, Manhattan”. También está incluido el prólogo de “Textos sobre arte”, publicado por la Universidad Diego Portales y editado por la misma Adriana Valdés y Ana María Risco.

“Enrique Lihn: vistas parciales”es,en definitiva, un libro celebratorio (el año pasado se cumplieron veinte años de la muerte de Lihn) que tiene un muy buen ensayo, otro muy emotivo, y otros más bien subsidiarios: se leen porque están allí.

Enrique Lihn, como un fantasma persistente, una especie de fantasma de Canterville con más tenacidad y menos lástima, no desaparece del todo. Su obra se reedita. Su poesía se lee, o se vuelve a leer, o nunca se dejó de leer. Sus novelas reviven. Y comienzan a proliferar los ensayos sobre él. Adriana Valdés contribuye con varios que ayudan a iluminar la obra, la vida y la muerte de Lihn.


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