sábado, 31 de julio de 2010

EL SEÑOR BOLAÑO HA MUERTO, VIVA EL SEÑOR BELANO

EL SEÑOR BOLAÑO HA MUERTO, VIVA EL SEÑOR BELANO

(Introducción a una estrella cada vez menos distante)

Silvia Banfield©2007

(El Editor pasa con su mirada de Woody Allen, sin hablar, lleva N.Y. en la atmósfera de sus ojos, brotan de su miopía sus más imaginarios escenarios y edificios, y siento como sus ojos vivaces recorren de tan lejos el Central Park. ¿Es la hora de su perfomance? ¿El minuto de la literatura y del cine? Masca las palabras y nada dice. ¿De ese chicle que amortigua en su pensamiento, adivinamos la agenda, lo que viene? Hay tanta libertad a veces, que la estatua habla. Su voz profunda bajo el Hudson pareciera gemir en ocasiones. Siento su llanto francés. Pax Americana, my dear estatua. La Dama sonríe, aunque tiene ganas de llorar. Sé pregunta, sé que se pregunta, qué será del viejo Walt. Con su pecho abierto cantando por el puente de Brooklyn, dejó otra historia el poeta).

Leo con algún asombro el ingreso vertiginoso de la literatura y los libros del chileno Roberto Bolaño al mercado norteamericano. Sorbo un expreso negro en su tinta y sin duda su narrativa y la mirada de la “gran prensa” es ligeramente, bastante distinta a la que se ha hecho de su exitosa compatriota Isabel Allende. Me documento que Bolaño no tuvo misericordia para referirse al best seller y autora del mítico libro La Casa de los Espíritus A sus pares chilenos, algunos españoles y al propio Gabriel García Márquez, Roberto Bolaño, autor de los Detectives Salvajes, no les dio tregua hasta tanto su hígado se lo permitió. Si bien no murió en la plenitud de su juventud, como James Dean, Bolaño, poeta y narrador, que tomó la literatura como un compromiso vital, falleció en un pueblo costero catalán a la edad de 50 años. Ese mismo día se quemó el parque de entretenimiento que cuidó en una época de vacas muy flacas en España, para ganarse la vida y la muerte. Las cenizas de su cuerpo volaron ese día por el Mar Mediterráneo, a petición del propio narrador. No más Chile, él, que se fue joven, volvió a ver que hacía contra Pinochet y volvió a salir rumbo al D.F., México, donde haría su gran literatura. Se noveló el novelista, cuentista, poeta y devoró todas las páginas que pudo- propias y ajenas- para instalar su propio tinglado, y curiosamente su más grande antecedente literario chileno son dos poetas de ese país: Nicanor Parra y Enrique Lihn. Ambos poetas se han manejado con el discurso irónico, disidente y crítico sobre Chile, sus pares y antecesores. Neruda figura en el centro de sus críticas, al igual que lo hizo Bolaño. Se dice, que su narrativa, principalmente Los Detectives Salvajes, tiene su principio embrionario en su poesía. Los personajes están ahí . Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Nicanor Parra, Vicente Huidobro, Gonzalo Rojas son los iconos de la literatura chilena y la narrativa descansa en el prestigio de José Donoso. Los narradores forman parte de un discutido éxito, como Isabel Allende, Skarmeta, Sepúlveda o Jorge Edwards. (Aclaro que muchas cosas escritas aquí se desprenden de distintas lecturas de críticos y algunas especulaciones personales) Para Chile, al parecer fue un escritor “marginal” la mayor parte de su existencia, por la relación que sostuvo con el país y sus escritores e instituciones. La diáspora gira y gira siempre muy lejos de su centro y punto de partida. El más conocido de los narradores chilenos, José Donoso, vivió gran parte de su vida en la España franquista y si bien en Chile tuvo resonancia, no correspondió a la magnitud de su obra. Para algunos es sorprendente el boom de Bolaño en Estados Unidos y en los países hispanohablantes, aunque había obtenido el emblemático premio venezolano Rómulo Gallegos y diversos lauros regionales en España. Se transformó en una época dura de sobre vivencia y de apuestas, en España, en un cazador de premios de provincia, con un éxito absoluto. Las pesetas de esa época le permitieron una mayor tranquilidad, independencia y seguir escribiendo como un “profesional”. Intentó una última apuesta y aceptó la postulación al Premio Nacional de Literatura de Chile, poco antes de morir, pero esa jubilación de la literatura chilena cuenta con sus propios mecanismos y resortes institucionales. La obra de un escritor es lo único que cuenta para la posteridad, los premios pueden acumularse como las cucarachas, si no pregúntenselo a Kafka.

Un soldado anarquista

Su nombre y obra andaba en boca de Susan Sontag, el editor Herralde, los argentinos Piglia y Fressan, el poeta chileno Nicanor Parra y una lista interminable de jóvenes lectores, que ven sus textos, entre el desenfado, la cara opuesta al realismo mágico, y una literatura que comulga con los pies atados a la tierra, que recobra lo marginal, proyecta el desamparo del propio autor, alimenta la literatura dentro de la literatura. Ninguno de los protagonistas del boom, GGM, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, he visto que se refieran a su obra. El chileno Edwards, que viene detrás de esa ola, dijo recientemente que los escritores jóvenes chilenos sólo conocen a Bolaño. Un petardo y mucho de malestar, pero pone el dedo en la llaga de alguna manera de la percepción que tienen los jóvenes respecto de la narrativa chilena. ¿Por qué no leen a otros prosistas?. ¿Es moda leer a Bolaño? ¿ Bolaño construyó un mito como un agente activo, despotricador de la diáspora? ¿Se hizo leyenda con sus premios provinciales y el Rómulo Gallegos? ¿Un triunfador en medio del fantasma de la dictadura chilena y su efecto castrador, mutilante, paralizador? Todo lo externo a una obra tiene un campo de acción limitada, mediática, que con el tiempo adquiere fuerza o se desvanece, dependiendo de la calidad de los escritos. Siempre la literatura se queda sola con el lector. Tarde o temprano el autor no estará ni l oque le rodea en la coyuntura de sus días.

El diario argentino Página 12 ha titulado con una frase archi manida un artículo sobre el chileno Bolaño y su aceptación en su país: “Nadie es profeta en su tierra”. Son muchos los que se quejan del trato de Chile a sus creadores. Gabriela Mistral encabeza una larga lista de malestar y olvido. Recoge cuatro artículos y lo que se ve a simple vista es que Bolaño dividió en dos aguas el charco de la literatura chilena: aguas puras y aguas servidas de alcantarilla. Conversaba con un poeta chileno sobre Bolaño y me dijo en un clásico lenguaje chileno: “Bolaño arrastró el poncho de la literatura chilena”.”Estremeció la copia feliz del Edén”, agregó, porque su literatura fue acompañada por su audacia por opinar de todo y contra todo, en el Chile atomizado por la dictadura y que fue lentamente sacudiéndose del espíritu amordazado, derrotista, bajo secuestro en que vivían las artes, el periodismo y la libertad bajo el régimen de Pinochet. Bolaño enmudeció las campanitas del coro celestial neoconservador y de algunas estrellas abanderadas de los nuevos tiempos. Y eso, dice el poeta, es bueno, necesario para cualquier país donde todo se escribía en piedra, porque en la obra de Bolaño hay humanismo, la del soldado anarquista que tiene fe en sus disparos al aire, porque los tiros ciegos van al corazón. Pólvora inconclusa, destellos de cometas que no vuelven nunca más- Un error decir que es un escritor para escritores y al mismo tiempo asignarle un lugar limitado entre sus lectores comunes y corrientes.

¿Nacido para la derrota?

¿Un escritor nace para la derrota? Tiempo de aserrín y ripio, de clowns oficiales, la época de la dictadura sirvió para el aplauso y el olvido, nada diferente de otras tiranías, porque si tiene de algo en común el hombre, es el papel de calco de los sistemas represivos. Bolaño lanzó sus fuegos artificiales y partió. Un escritor nunca mira lo que la sombra no ilumina. Fue un outsider, pero no en literatura, sino en su mirada casi clandestina del mundo, en sus toques críticos a sus mayores, como corresponde a un escritor emergente sin límites ni ataduras. Pero, fue un gran lector, escritor formal, apegado a la buena escritura.

Bolaño leyó y de acuerdo con ello, escribió. Conoció lo que escribía su generación anterior, y procedió con su propia música. Se habla mucho del Bolaño novelista, pero muy poco o casi nada, del cuentista. No sabemos si le llegó la moda en habla inglesa. El arte por el arte no está en ninguna parte. Pero este ingreso en firme a Estados Unidos y al mundo anglosajón de un inmigrante sudaca, que dejó el DF, después de tragárselo con los sesos y alimentar el vicio de su escritura. El miope de Bolaño, pudo leer y vivir, mientras que el mundo de Borges fue alrededor de los libros y las bibliotecas, frente a un mundo difuso físicamente cuando llegó a los 5O años y seguía visitando los cines como si el celuloide fuera su propia retina. El deteriorado hígado de Bolaño resistió dos monumentales novelas: Los Detectives Salvajes (609 páginas) y 2666 (póstuma) y de 1125 páginas. Dejó cuentos por editar, fragmentos de una obra inconclusa que no lo es, porque es su literatura que no viaja con destino a ningún paradero. La prensa española, norteamericana, argentina y chilena se ha bolañizado en estos días, lanzando un torrente de artículos sobre el autor y su obra. La crítica siempre positiva, no abre caminos reveladores de su obra, sino más bien fecunda el mito. Estamos ante una gran plataforma para un lanzamiento hacia el espacio del gran mercado, ahí donde algunas estrellas se hacen menos distantes. Esta golondrina latinoamericana, de parla castellana, hace poner el ojo de alguna manera en la literatura chilena, primero, luego latinoamericana y de habla española finalmente. La cifra de obras traducidas del español al inglés es mínima, ridícula por año, por lo que de Bolaño es una hazaña. El autor de Putas asesinas, Amberes, Llamadas telefónicas y Nocturno de Chile, que es un bien presentado balde de heces a la “gran” crítica conservadora chilena de literatura, con dosis de humor, burla, manteca de puerco refregada en la boca de la iglesia (Opus Dei), curas herederos de la palabra y el mismo Neruda, que no fue santo de la devoción de Roberto Bolaño. Alguien dijo, que la noveleta de 150 páginas, era la venganza de Lihn contra esos viejos armatostes de la crítica literaria que lo mantuvieron siempre fuera del canon oficial. Kafka está en el lenguaje del Nocturno kafkiano chileno.

Lo novedoso es que Bolaño no entra a Estados Unidos como espalda mojada, ni burla el gran muro de la infamia, o se postula al greencard, ni pasa de contrabando con el apoyo de algún coyote, sino por la puerta grande la literatura. Su literatura va en búsqueda de la conquista de un jugoso mercado. El anarquista/troskista/tercermundista, ya no está vivo en la vida real, no incomoda a nadie, es la hora de su presentación en sociedad. Es un negocio, porque el Señor Bolaño ha muerto. Viva el Señor Belano.

EPÍLOGOS sobre un mismo autor, asunto y materia

  • Bolaño, con su aspecto de médico cansado o astrónomo, se sienta en un vagón o en el sillón de un hotel a esperar la próxima estación o a alguien que no es más que el mismo.

  • Bolaño sabía que lidiaba con la muerte y el niño que nunca se le escapó de las manos, cuando se separó de sus últimos escritos, cuando se entra a algún lugar que puede ser blanco-nocturno.

  • Bolaño camina por un río que cambia continuamente de curso, pero él sigue una ruta desconocida que no le desvía, pero que tampoco le acerca a algún lugar.

  • Bolaño en un aeropuerto tomando un pasaje para el desierto del Sahara para tener una conversación con El Principito

  • Bolaño se sumerge en una bocanada de humo y desaparece como un refugiado español que nunca llegará a conocer París, porque le atraviesa una bala de plata su hígado ya inservible. Su cadáver nunca se encontraría, pero se supone estuvo envuelto en una bandera chilena.

  • Bolaño tragaba libros con espíritu borgeano y los rescribía con espíritu kafkiano.

  • Bolaño nunca olvidó amarrar el caballo de la poesía al lado de la novela

  • Bolaño entra con su pasaporte de Belano sin L a Chile y escribe la palabra Libertad con la L imaginaria

  • Bolaño no creía en los ascensores, escaleras, en los funcionarios públicos para alcanzar un objetivo literario. Prefirió las dos manos para escribir.

  • Bolaño consagró su hígado a la literatura

  • Bolaño se encerraba en un hotel de provincia en España, como en el Oeste, a esperar el veredicto de los jurados. Después celebraba en el bar de la esquina. No había tiros.

  • Bolaño estaba escribiendo una novela titulada 911 S.O.S., cuando el Mediterráneo le llamó a compartir su último naufragio

  • Bolaño dormía inclinado hacia el lado derecho, para no adormecer el izquierdo

  • Bolaño le quitaba el polvo a las estrellas antes de dormir. Algún día rosearía las páginas de sus libros

  • Bolaño aparece en la Redacción, sin afeitar, con un cigarrillo en la mano, y le dice a mi Editor que Silvia B. lleva 10 días investigando sobre su vida de Belano, leyendo como una salvaje lo que le cae en sus manos y quizás que va a escribir de él. Firma una pelotita de golf y desaparece por una puerta detrás de la canchita de Golf. Viste una camisa fluorescente con las letras en el pecho: D.F. El cuerpo deja caer finalmente unos granitos de sal de mar.

Fuente: http://revista.escaner.cl/node/141


viernes, 30 de julio de 2010

"Dejo que me plagien con total tranquilidad"

"Dejo que me plagien con total tranquilidad"

por Alvaro Matus

"Ya no estoy dando entrevistas por teléfono, porque me enredo con la gramática y siempre quedo como idiota. Hagamos la entrevista por mail... lo mío es la escritura", dice Roberto Bolaño con un tono relajado, propio de quien viene llegando a su casa de Blanes (España) tras unas vacaciones por Venecia, junto a su mujer y sus dos hijos. Ante eso, le comentamos: "Curioso que al autor de Llamadas telefónicas no le guste hablar por teléfono... por lo menos con los periodistas". Bolaño se ríe y repite que lo suyo es la escritura. Y tiene toda la razón: Bolaño, premio Rómulo Gallegos 1999, es un escritor químicamente puro, un hombre que se siente más cómodo escribiendo que hablando. Al igual que los personajes de sus novelas y cuentos, vive en torno a la literatura, al punto de transformar buena parte de sus lecturas, viajes y anécdotas en experiencias literarias. Así lo reafirma Putas asesinas, libro recién lanzado en España, que llega a fin de mes a Chile y del que ofrecemos un adelanto exclusivo.

..... Son 13 cuentos, varios de ellos protagonizados por su alter ego, Arturo Belano, y por B, quien ya había aparecido en Llamadas telefónicas, su anterior libro de cuentos. Ambos personajes deambulan por México, España y Africa. Se encuentran con viejos camaradas, con sujetos desesperados o, en el caso de B, con revistas literarias que lo motivan -como sólo a un escritor químicamente puro puede ocurrirle- a ir tras la pista de un autor que yace bajo el polvo de una librería de viejos. Como el nombre del libro lo señala, también hay putas. No todas, eso sí, son asesinas.

-Podrías ir un poco a las motivaciones del cuento Putas asesinas, por qué es el título del libro y qué piensas de ellas?

-Para mí es difícil responder por qué escribo un libro. Seguramente porque es lo que mejor se hacer. ¿Qué pienso de las putas? Bueno, siempre he tenido en gran consideración ese oficio y las putas, por lo tanto, gozan de todos mis respetos. Todas las putas. Las pobres y las de alto standing. Mujeres virtuosas y trabajadoras, mujeres que parecen salidas al mismo tiempo de un melodrama mexicano de los años cincuenta, como de las páginas de la bizantina Ana Comneno. Y que, además, como si lo anterior no fuera suficiente, son lo más parecido que hay a un reloj. Las putas son las mujeres-reloj por excelencia. Desde Catulo a Baudelaire, todos los poetas las han amado. Y quien no las ama o es un impotente o un jodido puritano hipócrita de la peor especie.

-Al igual que en Llamadas telefónicas, hay varios personajes al borde de la locura y del suicidio. ¿Son preocupaciones para ti?

-La locura y el suicidio, me parece, son fantasmas mucho más comunes de lo que la gente piensa. En cierta forma pensamos en términos de locura y suicidio como maneras de escapar de la muerte o de engañar a la muerte. Por supuesto, para mí la locura es una enfermedad, que puede ser tratada con fármacos, y el suicidio es una alternativa tan válida como cualquier otra que ejercemos en uso de nuestra libertad de elección. Pero eso no impide que, en ocasiones, se materialicen como figuras fantasmales.

-En uno de los cuentos, Enrique Lihn se te aparece mientras duermes. Una vez dijiste que él fue importante para ti porque lo admirabas y respondió tus cartas. ¿Le contestas tú a los jóvenes escritores?

-Bueno, algunas cartas las contesto, otras, la mayoría, no; además siempre tengo la impresión de que no es a mí a quien deberían escribirle, sino a García Márquez, Vargas llosa, Fuentes o Sabato. Por otra parte, Lihn no fue importante para mí por sus cartas, sino por su poesía. Por supuesto, a todo escritor relativamente joven lo halaga, en cierta manera, el que un escritor como Lihn se convierta, de la noche a la mañana, en tu corresponsal, y también resulta halagador (aunque la palabra que más se ajusta es consolador) saber que muchas de tus ideas las compartes con un escritor de ese calibre. ¿Qué ideas eran esas? Básicamente, una visión negra de la literatura chilena y de la literatura en general.

-¿Crees de verdad que la literatura chilena es sólo una literatura imaginaria, como dices en el cuento Carnet de baile?

-Toda literatura nacional, es por naturaleza, una literatura imaginaria, y eso en el mejor de los casos; generalmente suele ser una literatura artificial.
Bolaño tiene fama de decir lo que piensa con la misma soltura con que fuma un cigarro. Sus comentarios han generado más de una polémica y siempre desconcierta por esa mezcla de afirmaciones relativizadas con juicios categóricos. Ahora, está molesto con los escritores que sólo piensan en sí mismos: "Cada escritor parece obsesionado en autopromocionarse , y la autopromoción o el arribismo, como todo el mundo sabe, no deja tiempo para nada más. Bueno, sí, deja tiempo para ser cobarde".

-¿Te sientes parte del mercado literario?

-En modo alguno. Ni voy a todos los lugares adonde me invitan ni hago todos los viajes de promoción que suelen hacer los otros escritores ni hago vida social. Al contrario. Vivo en un pueblo pequeño, soy independiente, nunca he recibido ayuda oficial de ningún gobierno, no voy detrás de publicaciones ni de becas. Dejo que me plagien con total tranquilidad. Mis enemigos (gratuitos) crecen como la yerba.

-¿Por qué en tus obras, como La literatura nazi en América, por nombrar una, te adentras en la extrema derecha?

-Como dice Nicanor Parra, por joder la paciencia. Básicamente, por joder la paciencia. Por reírme un rato.




Los 13 de Putas asesinas

El ojo Silva: Arturo Belano se encuentra en Berlín con un antiguo amigo que le cuenta cómo raptó a dos niños en un burdel de la India.

Gómez Palacios: La breve estadía de un profesor de literatura en el pueblo que da nombre al relato. Sus días en México están contados.

Últimos atardeceres en la tierra: B, adolescente que va de vacaciones a Acapulco junto a su padre, se adentra en un infierno que cambiará para siempre la relación entre ambos.

Días de 1978: El protagonista nuevamente es B, vive en España y comparte con exiliados chilenos.

Vagabundo en Francia y Bélgica: B ya es escritor de cierto renombre y viaja a Francia. Pasea por burdeles y librerías, donde encuentra una revista que habla de Henri Lefe-bvre. Parte a Bruselas para conocer dónde vivió este autor.

Prefiguración de Lalo Cura: Hijo de un sacerdote y una actriz porno colombiana, Lalo Cura hace una divertida revisión de las cintas en las que actuó su difunta madre junto a Pajarito Gómez. El encuentro entre Lalo y Pajarito es algo más que un ajuste de cuentas.

Putas asesinas: "Las mujeres son putas asesinas, Max, son monos ateridos de frío que contemplan el horizonte desde un árbol enfermo, son princesas que te buscan en la oscuridad, llorando, indagando las palabras que nunca podrán decir", dice la protagonista antes de asesinar a su nueva víctima.

El retorno: Un fantasma sigue el recorrido de su cuerpo desde la discoteca en que fallece hasta la casa de un prestigioso modisto necrófilo.

Buba: La historia de un futbolista chileno, un español y un africano que llevan a su club a ganar títulos gracias a un misterioso ritual.

Dentista: Un profesor de literatura y su amigo alucinan con los relatos de un joven indio.

Fotos: Arturo Belano, perdido en África, hojea un álbum de fotos en donde poetas franceses se celebran a sí mismos.

Carnet de baile: 69 razones para no bailar con Pablo Neruda. Algunas parejas de baile posible: "los nerudianos en la geometría con los huidobrianos en la crueldad, los mistralianos en el humor con los rokhianos en la humildad, los parrianos en el hueso con los lihneanos en el ojo"

Encuentro con Enrique Lihn: Roberto Bolaño sueña con que unos escritores jóvenes lo llevan a ver a Lihn, quien se halla en una ciudad que podría ser Santiago de otro tiempo, "un tiempo atroz que pervivía sin ninguna razón, sólo por inercia".



jueves, 29 de julio de 2010

Meeting with Enrique Lihn [by Roberto Bolaño]


Meeting with Enrique Lihn [by Roberto Bolaño]

Source: The New Yorker

Versión en español en este link:
ENCUENTRO CON ENRIQUE LIHN

In 1999, after returning from Venezuela, I dreamed that I was being taken to Enrique Lihn’s apartment, in a country that could well have been Chile, in a city that could well have been Santiago, bearing in mind that Chile and Santiago once resembled Hell, a resemblance that, in some subterranean layer of the real city and the imaginary city, will forever remain. Of course, I knew that Lihn was dead, but when the people I was with offered to take me to meet him I accepted without hesitation. Maybe I thought that they were playing a joke, or that a miracle might be possible. But probably I just wasn’t thinking, or had misunderstood the invitation. In any case, we came to a seven-story building with a façade painted a faded yellow and a bar on the ground floor, a bar of considerable dimensions, with a long counter and several booths, and my friends (although it seems odd to describe them that way; let’s just say the enthusiasts who had offered to take me to meet the poet) led me to a booth, and there was Lihn. At first, I could hardly recognize him, it wasn’t the face I had seen on his books; he’d grown thinner and younger, he’d become handsomer, and his eyes looked much brighter than the black-and-white eyes in the jacket photographs. In fact, Lihn didn’t look like Lihn at all; he looked like a Hollywood actor, a B-list actor, the kind who stars in TV movies or films that are never shown in European cinemas and go straight to video. But at the same time he was Lihn; I was in no doubt about that. The enthusiasts greeted him, calling him Enrique with a fake-sounding familiarity, and asked him questions I couldn’t understand, and then they introduced us, although to tell the truth I didn’t need to be introduced, because for a time, a short time, I had corresponded with him, and his letters had, in a way, kept me going; I’m talking about 1981 or 1982, when I was living like a recluse in a house outside Gerona, with no money and no prospect of ever having any, and literature was a vast minefield occupied by enemies, except for a few classic authors (just a few), and every day I had to walk through that minefield, where any false move could be fatal, with only the poems of Archilochus to guide me. It’s like that for all young writers. There comes a time when you have no support, not even from friends, forget about mentors, and there’s no one to give you a hand; publication, prizes, and grants are reserved for the others, the ones who said “Yes, sir,” over and over, or those who praised the literary mandarins, a never-ending horde distinguished only by their aptitude for discipline and punishment—nothing escapes them and they forgive nothing. Anyway, as I was saying, all young writers feel this way at some point or other in their lives. But at the time I was twenty-eight years old and under no circumstances could I consider myself a young writer. I was adrift. I wasn’t the typical Latin-American writer living in Europe thanks to some government sinecure. I was a nobody and not inclined to beg for mercy or to show it. Then I started corresponding with Enrique Lihn. Naturally, I was the one who initiated the correspondence. I didn’t have to wait long for his reply. A long, crotchety letter, as we might say in Chile: gloomy and irritable. In my reply I told him about my life, my house in the country, on one of the hills outside Gerona, the medieval city in front of it, the countryside or the void behind. I also told him about my dog, Laika, and said that in my opinion Chilean literature, with one or two exceptions, was shit. It was evident from his next letter that we were already friends. What followed was what typically happens when a famous poet befriends an unknown. He read my poems and included some of them in a kind of reading he organized to present the work of the younger generation at a Chilean-North American institute. In his letter he identified a group of hopefuls destined, so he thought, to be the six tigers of Chilean poetry in the year 2000. The six tigers were Bertoni, Maquieira, Gonzalo Muñoz, Martínez, Rodrigo Lira, and myself. I think. Maybe there were seven tigers. But I think there were only six. It would have been hard for the six of us to be anything much in 2000, because by then Rodrigo Lira, the best of the lot, had killed himself, and what was left of him had either been rotting for years in some cemetery or was ash, blowing around the streets and mingling with the filth of Santiago. Cats would have been more appropriate than tigers. Bertoni, as far as I know, is a kind of hippie who lives by the sea collecting shells and seaweed. Maquieira wrote a careful study of Cardenal and Coronel Urtecho’s anthology of North American poetry, published two books, and then settled down to drinking. Gonzalo Muñoz went to Mexico, I heard, where he disappeared, not into ethylic oblivion, like Lowry’s consul, but into the advertising industry. Martínez did a critical analysis of “Duchamp du Signe” and then died. As for Rodrigo Lira, well, I already explained what had become of him. Not so much tigers as cats, however you want to look at it. The kittens of a far-flung province. Anyway, what I wanted to say is that I knew Lihn, so no introduction was necessary. Nevertheless, the enthusiasts proceeded to introduce me, and neither I nor Lihn objected. So there we were, in a booth, and voices were saying, This is Roberto Bolaño, and I held out my hand, my arm enveloped by the darkness of the booth, and I grasped Lihn’s hand, a slightly cold hand, which squeezed mine for a few seconds—the hand of a sad person, I thought, a hand and a handshake that corresponded perfectly to the face that was scrutinizing me without showing any sign of recognition. That correspondence was gestural, bodily, and opened onto an opaque eloquence that had nothing to say, or at least not to me. Once that moment was past, the enthusiasts started talking again and the silence receded; they were all asking Lihn for his opinions on the most disparate issues and events, and at that point my disdain for them evaporated, because I realized that they were just as I had once been: young poets with no support, kids who’d been shut out by the new center-left Chilean government and didn’t have any backing or patronage, all they had was Lihn, a Lihn who looked not like the real Enrique Lihn as he appeared in his author photos but like a much handsomer and more prepossessing Lihn, a Lihn who resembled his poems, who had adopted their age, who lived in a building similar to his poems, and who could vanish in the elegant, resolute way that his poems sometimes had of vanishing. When I realized this, I remember, I felt better. I mean I began to make sense of the situation and find it amusing. I had nothing to fear: I was at home, with friends, with a writer I had always admired. It wasn’t a horror movie. Or not an out-and-out horror movie, but a horror movie leavened with large doses of black humor. And just as I thought of black humor Lihn extracted a little bottle of pills from his pocket. I have to take one every three hours, he said. The enthusiasts fell silent once again. A waiter brought a glass of water. The pill was big. That’s what I thought when I saw it fall into the glass of water. But in fact it wasn’t big. It was dense. Lihn began to break it up with a spoon, and I realized that the pill looked like an onion with countless layers. I leaned forward and peered into the glass. For a moment I was quite sure that it was an infinite pill. The curved glass had a magnifying effect, like a lens: inside, the pale-pink pill was disintegrating as if giving birth to a galaxy or the universe. But galaxies are born or die (I forget which) suddenly, and what I could see through the curved side of that glass was unfolding in slow motion, each incomprehensible stage, every retraction and shudder drawn out as I watched. Then, feeling exhausted, I sat back, and my gaze, detached from the medicine, rose to meet Lihn’s, which seemed to be saying, No comment, it’s bad enough having to swallow this concoction every three hours, don’t go looking for symbolic meanings—the water, the onion, the slow march of the stars. The enthusiasts had moved away from our table. Some were at the bar. I couldn’t see the others. But when I looked at Lihn again there was an enthusiast with him, whispering something in his ear before leaving the booth to find his friends, who were scattered around the room. And at that moment I knew that Lihn knew he was dead. My heart’s given up on me, he said. It doesn’t exist anymore. Something’s not right here, I thought. Lihn died of cancer, not a heart attack. An enormous heaviness was coming over me. So I got up and went to stretch my legs, but not in the bar; I went out into the street. The sidewalks were gray and uneven, and the sky looked like a mirror without a tain, the place where everything should have been reflected but where, in the end, nothing was. Nevertheless, a feeling of normality prevailed and pervaded all vision. When I felt I’d had enough fresh air and it was time to get back to the bar, I climbed the steps up to the door (stone steps, single blocks of a stone that had a granitelike consistency and the sheen of a gem) and ran into a guy who was shorter than me and dressed like a fifties gangster, a guy who had something of the caricature about him, the classic affable killer, who got me mixed up with someone he knew and greeted me. I replied to his greeting, although from the start I was sure that I didn’t know him and that he was mistaken, but I behaved as if I knew him, as if I, too, had mixed him up with someone else, so the two of us greeted each other as we attempted ineffectively to climb those shining (yet deeply humble) stone steps. But the hit man’s confusion lasted no more than a few seconds, he soon realized that he was mistaken, and then he looked at me in a different way, as if he were asking himself if I was mistaken, too, or if, on the contrary, I had been having him on from the start, and since he was thick and suspicious (though sharp in his own paradoxical way), he asked me who I was, he asked me with a malicious smile on his lips, and I said, Shit, Jara, it’s me, Bolaño, and it would have been clear to anyone from his smile that he wasn’t Jara, but he played the game, as if suddenly, struck by a lightning bolt (and no, I’m not quoting one of Lihn’s poems, much less one of mine), he fancied the idea of living the life of that unknown Jara for a minute or two, the Jara he would never be, except right there, stalled at the top of those radiant steps, and he asked me about my life, he asked me (thick as a plank) who I was, admitting de facto that he was Jara, but a Jara who had forgotten the very existence of Bolaño, which is perfectly understandable, after all, so I explained to him who I was and, while I was at it, who he was, too, thereby creating a Jara to suit me and him, that is, to suit that moment—an improbable, intelligent, courageous, rich, generous, daring Jara, in love with a beautiful woman and loved by her in return—and then the gangster smiled, more and more deeply convinced that I was having him on but unable to bring the episode to a close, as if he had suddenly fallen for the image I was constructing for him, and encouraged me to go on telling him not just about Jara but also about Jara’s friends and finally the world, a world that seemed too wide even for Jara, a world in which the great Jara was an ant whose death on a shining stair would not have mattered at all to anyone, and then, at last, his friends appeared, two taller hit men wearing light-colored double-breasted suits, who looked at me and at the false Jara as if to ask him who I was, and he had no choice but to say, It’s Bolaño, and the two hit men greeted me. I shook their hands (rings, expensive watches, gold bracelets), and when they invited me to have a drink with them I said, I can’t, I’m with a friend, and pushed past Jara through the door and disappeared inside. Lihn was still in the booth. But now there were no enthusiasts to be seen in his vicinity. The glass was empty. He had taken the medicine and was waiting. Without saying a word, we went up to his apartment. He lived on the seventh floor, and we took the elevator, a very large elevator, into which more than thirty people could have fit. His apartment was rather small, especially for a Chilean writer, and there were no books. To a question from me he replied that he hardly needed to read anymore. But there are always books, he added. You could see the bar from his apartment. As if the floor were made of glass. I spent a while on my knees, watching the people down there, looking for the enthusiasts, or the three gangsters, but I could see only unfamiliar people, eating or drinking, but mostly moving from one table or booth to another, or up and down the bar, all seized by a feverish excitement, as if in a novel from the first half of the twentieth century. After a while, I reached the conclusion that something was wrong. If the floor of Lihn’s apartment was glass and so was the ceiling of the bar, what about all the stories from the second to the sixth? Were they made of glass, too? Then I looked down again and realized that between the first floor and the seventh floor there was nothing but empty space. This discovery distressed me. Jesus, Lihn, where have you brought me, I thought, though soon I was thinking, Jesus, Lihn, where have they brought you? I got to my feet carefully, because I knew that in that place, as opposed to the normal world, objects were more fragile than people, and I went looking for Lihn, who had disappeared, in the various rooms of the apartment, which didn’t seem small anymore, like a European writer’s apartment, but spacious, enormous, like a writer’s apartment in Chile, in the Third World, with cheap domestic help and expensive, delicate objects, an apartment full of shifting shadows and rooms in semi-darkness, in which I found two books, one a classic, like a smooth stone, the other modern, timeless, like shit, and gradually, as I looked for Lihn, I, too, began to grow cold, increasingly manic and cold. I started feeling ill, as if the apartment were turning on an imaginary axis, but then a door opened and I saw a swimming pool, and there was Lihn, swimming, and before I could open my mouth and say something about entropy Lihn said that the bad thing about his medicine, the medicine he was taking to keep him alive, was that in a way it was turning him into a guinea pig for the drug company, words that I had somehow expected to hear, as if the whole thing were a play and I had suddenly remembered my lines and the lines of my fellow-actors, and then Lihn got out of the swimming pool and we went down to the ground floor, and we made our way through the crowded bar, and Lihn said, The tigers are finished, and, It was sweet while it lasted, and, You’re not going to believe this, Bolaño, but in this neighborhood only the dead go out for a walk. And by then we had reached the front of the bar and were standing at a window, looking out at the streets and the façades of the buildings in that peculiar neighborhood where the only people walking around were dead. And we looked and looked, and the façades were clearly the façades of another time, like the sidewalks covered with parked cars that also belonged to another time, a time that was silent yet mobile (Lihn was watching it move), a terrible time that endured for no reason other than sheer inertia.



(Translated, from the Spanish, by Chris Andrews.)
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