martes, 11 de diciembre de 2012

ENRIQUE LIHN [por Antonio Cisneros]





ENRIQUE LIHN
Antonio Cisneros

El siguiente artículo fue publicado en el diario "El País", el 13 de agosto de 1988 y luego apareció como prólogo en "Albúm de toda especie de poemas".


      Domingo 10 de julio. La misma tarde que llegué al aeropuerto de Santiago de Chile fue la última tarde de Enrique Lihn en la tierra. Ese aire fresco, seco y con olor a pinos de Pudahuel, era el aire que ahora la vida le negaba a Enrique, agonizante y noble. Murió en su ley. Se negó a la abusiva oferta de una extremaunción, rito que deslucía con su fecunda y bien llevada vida atea y laica. Tampoco aceptó las benevolentes drogas que adormecen el alma en el último instante.

      Quiso enfrentarse a la muerte, lúcido, como los marineros en alta mar y los hombres de bien. Rodeado por las muchachas y los muchachos que fueron, sintió cada uno de los pasos de gato, leves, inexorables, dolorosos, del cáncer terminal. Poco antes de su última hora, entró en un delirio en que aparecía rodeado de espejos. Luego le sobrevino una febril, no desgarradora, preocupación por los tantos proyectos inconclusos. Entonces se durmió.

      Ese rostro apacible, casi beatífico, contrastaba con el aire hosco (sólo el aire) que lo acompañó en sus 59 años de vida. Algunos amigos solían decir que Enrique no usaba loción de afeitar sino vinagre. Rezongón, bufando contra viento y marea. Incómodo con el mundo y, sobre todo, con su propia persona.

      Creador incansable. Perfeccionista. Poeta, narrador, dibujante, crítico, dramaturgo. Jamás se recostó en las certezas ni en los lechos de rosas. Socialista, apoyó la experiencia de Allende, pero nunca convino con las sectas o dogmas (que también existieron). Y no fue del poder. Y en estos años de la dictadura, refunfuñando más que nunca, sobrevivió en el exilio interno sin aceptar (ni por error) las prebendas o el beneficio de la vista gorda del clan de Pinochet.

      Yo lo conocí bien y mucho. Desde hace ya 24 años. Yo lo quería y creo que él también a mí. Santiago, La Habana, Nueva York, Paris, varias veces Lima. Enrique tenía curiosa vocación peruana. La estación de los desamparados es un poemario que habla del Perú. Sabía de nosotros como pocos. Su alma marginal bien se llevaba con esta realidad de marginales.

      Avizoraba su muerte, aunque nunca imaginó que lo esperaba tan pronto, a la vuelta de la esquina. Hace un año había decidido pasar su año final en estos lares. El acuerdo con el CONYTEC iba viento en popa. Dictaría cursos, viajaría por el interior. Con sus ojos rojos de carnero, su melena revuelta, su boca inmensa pensaba sentar sus reales en la caleta de Huanchaco, entre los cebiches y los caballos de mar.

      En el cementerio de Santiago lo despidieron casi doscientas personas. Ningún discurso oficial. Ni de la oposición ni del Gobierno. Un par de amigos tomaron la palabra. Nada solemne, que no sea el mismo hecho de la muerte. Las olas de Huanchaco, en el norte del Perú, golpean contra una playa inmensa y vacía.

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