martes, 12 de marzo de 2013

Enrique Lihn prevalece [por Oscar Hahn]




No he conocido a nadie cuya vocación creadora fuera más poderosa ni variada que la de Enrique Lihn. Poeta, novelista, cuentista, dramaturgo, ensayista, actor, pintor, dibujante, cineasta incipiente, en él la creatividad era una urgencia compulsiva, una fuerza implacable que lo impulsaba a mantenerse siempre en movimiento, como si tuviera las horas contadas.
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El 10 de julio de 1988 la televisión de Iowa City estaba transmitiendo la Tercera Sinfonía de Mahler. Los elaborados juegos de cámara que hacía el director del programa me distraían terriblemente de la música misma, así que opté por sentarme de espaldas a la pantalla y prescindir de las imágenes. La orquesta interpretaba el cuarto movimiento. Recuerdo vivamente la voz de una mezzo-soprano cantando un texto de Nietzsche. Empecé a experimentar una inmensa sensación de dolor espiritual. Bruscamente me paré del sillón y le dije a mi mujer “Murió Enrique Lihn”. “Deberías llamar a Chile”, sugirió ella. Tomé el teléfono y marqué el número de Pedro lastra en Santiago. Reconocí la voz de Juanita, su esposa. Después de saludarla le pregunté: “¿Está Pedro por ahí?” “Pedro fue a casa de Enrique Lihn”, dijo Juanita. Y en seguida, acongojada: “Enrique acaba de morir”.

Hay un verso de “La pieza oscura” que no puedo releer sin un escalofrío. Es cuando Lihn declara que escribir significa “trabajar con la muerte codo a codo”. Porque, increíblemente, ese verso terminó por convertírsele en una experiencia real. Al conocer la noticia de que la muerte ya corría acompasadamente a su lado, Enrique emprendió una desesperada carrera junto a ella, y trató de mantenerla a raya escribiendo poemas, exorcisándola mediante la escritura. De este modo, él mismo se vio –ahora literalmente-, “trabajando codo a codo con la muerte”. Hasta el extremo de que cuando sintió que su cuerpo flaqueaba por efecto de la enfermedad y que ya no tenía fuerzas para sostener ni siquiera el más leve peso, pidió que le amarraran el lápiz a la mano derecha, y continuó su tarea: “Todavía aleteo/ con el pescuezo torcido y las alas en desorden”, advirtió. Sólo entonces, con el lápiz transformado en una especie de prótesis, este heroico inválido pudo dar fin a su obra. Ejemplar y sobrecogedora lealtad de un escritor a su oficio.

“Déjenme acabar en mi ley”, exigió también con firmeza, y rehusó las drogas que los médicos querían administrarle. Tal era su empeño en que nada obnubilara su lucidez, en que nada le impidiera contemplar los sucesivos rostros de la muerte, que ya estaban desfilando frente a él, y de cuyos rasgos se proponía dar cuenta. Son los textos que reunidos y transcritos por Pedro Lastra y Adriana Valdés, se publicarían póstumamente con el título de Diario de muerte. La leyenda del cisne que canta antes de morir se había hecho carne.

En uno de sus ensayos de 1977, Lihn afirma: “La escritura es una catástrofe que se goza, una muerte que se vive”. ¿Cómo iba a saber que con esas palabras estaba presagiando los meses de su agonía, el duelo a pluma con su propia muerte? Encerrado en la pieza que se va poniendo cada vez más oscura, Enrique Lihn versifica esa querella entre la creación y la nada, y “el papel se cubre de signos, como un hueso de hormigas”. La muerte tira hacia su orilla para arrasar esos signos, pero la escritura resiste tirando hacia el lado de la vida. Hasta que la cuerda se rompe. Y cuando la muerte cree que por fin puede cantar victoria, se equivoca de plano. Porque el canto de la muerte no ha prevalecido nunca. Lo que prevalece es el canto de los poetas.





Enrique Lihn prevalece


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