lunes, 8 de abril de 2013

Desde el solar del extranjero [por Jaime Pinos]




Desde el solar del extranjero
(Texto publicado en Querido Pedro: Cartas de Enrique Lihn a Pedro Lastra (1967-1988) Das Kapital Ediciones. 2012)
Por Jaime Pinos

Nunca salí del horroroso Chile/ mis viajes que no son imaginarios/ tardíos sí –momentos de un momento-/ no me desarraigaron del eriazo/ remoto y presuntuoso. De alguna forma, estas cartas pueden leerse como el relato, real por vivido, que subyace a estos versos memorables de Enrique Lihn. El relato de un exilio al revés. No poder salir, en vez de no poder entrar. El exilio de quien vive atrapado en un país cuyas puertas se han cerrado sobre él como una trampa. Donde los días transcurren con el desasosiego de quien cumple una especie de condena. Escritas desde el solar del extranjero, estas cartas a Pedro Lastra pueden ser leídas como la crónica personal de ese exilio interior.

Es significativo que la primera carta de la serie esté fechada en La Habana, en 1967.  Como se sabe, el auspicioso arribo de Lihn a tierras cubanas como ganador del premio Casa de las Américas, terminará bastante mal. Su cercanía con escritores e intelectuales críticos al giro autoritario que empieza a tomar la revolución, le granjean a Lihn la calidad de sospechoso. Su intervención pública a favor de Heberto Padilla cierra su residencia cubana (no en malos términos, pero respirando una atmósfera enrarecida, dirá) y tendrá consecuencias hasta muchos años después. Como escribe en una carta de 1975:Siglo XXI rechazó por su parte la publicación de la Orquesta a consecuencia —cabe conjeturarlas— del roñoso caso Heberto y de la no menos roñosa actitud de los cubanos que me borraron del mundo de las Letras y las Artes. 

Un largo intervalo de siete años transcurre entre esta primera carta del 67 y la siguiente de la serie, fechada en 1975. En entrevista con Oscar Sarmiento, Lastra cuenta sobre sus frecuentes encuentros durante la primera parte de ese periodo (lo que explica la interrupción de la correspondencia) así como la incomodidad y la frustración que significaron para Lihn los años de la Unidad Popular: Yo estaba ya en Estados Unidos. Me vine a Washington University, en Saint Louis, Missouri, en junio de 1970 y sólo regresé por unos meses a Chile, a mediados de 1971, antes de empezar a dar clases en la Universidad del Estado de Nueva York en StonyBrook, en los primeros días de 1972. Volví ese año y el 73 por algunos meses, y entonces nos veíamos con frecuencia, porque yo asumía mi papel de asesor literario de la Editorial Universitaria, y Enrique solía ir por allí. Pero 1971 y 1972 fueron años difíciles para él. Con excepción del taller de la Universidad Católica no tenía ningún trabajo seguro. Sus experiencias como director de las revistas Atenea, de la Universidad de Concepción, y de Cormorán, de la Editorial Universitaria, habían resultado más bien frustrantes y ahora estaba no sólo desanimado sino comprensiblemente irritado. Es claro que sus relaciones con la Unidad Popular no fueron buenas: una personalidad como la suya (la del sujeto de quien dijo con expresión certera Cristián Huneus: “No da puntada con hilo”) no podía entenderse bien con los poderes de esos ni de otros días.

Una personalidad que no puede entenderse bien con ningún poder. Este rasgo de autonomía crítica, que define la ética y la poética de Enrique Lihn durante toda su trayectoria, tendrá como consecuencia el relativo aislamiento, tanto político como cultural, y la precariedad económica que habrá de perseguirlo hasta el final de su vida. Tengo una angustia creciente al dinero. Ni una gota de ahorro, ningún bien hipotecable, la miseria adolescentaria a los 58 años de mi edad, qué deprimente, escribe el año de su muerte.

Dar clases, estudiar semiología, leer, con la sensación de que no se podía hacer otra cosa: el periodo de las catacumbas. Así describe Lihn, en entrevista con Juan Andrés Piña,  los años que van desde el golpe de estado hasta la publicación, en 1977, de París, situación irregular. Refugiado en el Instituto de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile, las cartas fechadas en los años 70 describen la atmósfera de pánico y clausura del país ocupado: Al miserabilismo se suma, ya desde hace años, la represión moral e intelectual más abrumadora (1976) El campo cultural y literario, si es posible hablar de alguno en el contexto de un país bajo estado de sitio, participa de la misma situación: Ni El Mercurio ni los libreros meten los dedos en ningún ventilador por mínimo que sea; el campo cultural oficial esta perfectamente acotado y congelado por [Enrique] Campos Menéndez, Alone y otros aparceros. La realidad de los “realistas”, la colonia. (1977). Las tentativas por reactivar una mínima vitalidad cultural caen en el vacío más absoluto:Terminaron con pena y sin gloria las festividades del Cincuentenario. La cosa resultó, pero no se puede contar aquí con la prensa, a menos que uno pierda un encuentro de box o asalte en supermercado (1979)

Frente a ese panorama, salir del país se convierte para Lihn en una necesidad y una obsesión. Escribe en 1976: Anoche tuve, en este sentido, una pesadilla fulminante, desgarradora e hiperrealista: la alternativa de quedar apresado en la cloaca de Chile es demasiado negra. Los años pasan y la cloaca en que se ha convertido el país lejos de aclararse parece volverse cada vez más densa: Los duros hechos nos recuerdan que somos congrios de un cuartel ultra, gente condenada a la “disciplina” impuesta por los tiburones mayores (1980).

En este ambiente, Lihn quiere, necesita salir. Tantea posibilidades, formula proyectos. Gestiones editoriales, solicitudes de becas, envío de ejemplares de sus libros a lectores clave, publicación en revistas extranjeras. Se autopromociona: Yo ya sé cuáles son o cuál es el único secreto de un posible éxito: ¡Autopromoción! Y estoy dispuesto a divertirme a expensas de la literatura, le escribe a su amigo Lastra con cuya complicidad cuenta para mover los hilos y encontrar una salida al callejón sin una en que se ha convertido el país.
Su situación como profesor universitario, su único trabajo estable, es una permanente incertidumbre: se trata de volver a rastrillar la Universidad y convertirla en un cuartel —fabrica de tecnócratas— y no más que eso, y es lógico que despidan a gente como yo. (1981) Sin embargo, la universidad intervenida por la dictadura no es sólo una fuente laboral incierta. También es un lugar peligroso para gente como Lihn, tal como cuenta a Lastra en una carta del mismo año: el CNI visitó al decano para decirle que se me seguía un proceso por escribir un poema insultante contra “El Ejército”. Esto mientras el Centro de Estudios [Humanísticos] era reducido a un cursillo de la Escuela de Ingeniería, en lugar de una ramal de la Facultad de Física y Matemática, y mientras se dice que el propósito es degradar esa Facultad a la condición de Escuela de Ingeniería. Hablé (por teléfono con el decano) y supe, a través de una conversación tensa y antipática, que mis bonos estaban por los suelos: no reconoció haber hablado con el CNI —su teléfono parece estar interferido— pero me dijo que mi “proceso” se substanciaba en la Casa Central [de la Universidad de Chile]. Total, estoy prácticamente suspendido y virtualmente detenido, probabilidad que no parece plausible pues hay ya decenas de profesores exonerados o suspendidos, una sesión de tortura —con perdón por la frivolidad— me vendría muy mal para el sistema cardíaco.

Desde luego, las circunstancias políticas y laborales, sumadas a las vicisitudes de una vida personal siempre agitada y compleja, refuerzan en Lihn su urgencia por salir de Chile: En cualquier caso no quiero seguir en Chile, dando la hora, lejos de todo lo que me gusta: museos, cine, etc. Y de las oportunidades literarias que uno se pierde en gran medida aquí sino del todo. Aquí no me pasa nada en esos aspectos. Ningún proyecto ha prosperado en los últimos años ni nunca: la revista, los fascículos, el libro (mirómetro) con Cacho [Gacitúa], mis colaboraciones para revistas, nada. Sólo tengo la Universidad con un sueldo devaluado hasta la pobreza, en el país de la cesantía y la miseria, que se perpetuarán por decenas de años (1983) Lihn especula con las posibilidades de conseguir una plaza en las universidades norteamericanas. El Chile de inicios de los 80 no es un buen lugar para vivir. Es una jaula de la que quiere salir. Un eriazo. Un futuro negro. Si acaso, un lugar que sólo vale la pena visitar de vez en cuando: Lo que tiene de bueno Chile se debe percibir mejor por temporadas que con jornada completa (1983).

Sin embargo, con la irrupción y la persistencia de las protestas contra la dictadura, el panorama empieza a cambiar. Lenta y dificultosamente, se inicia la rearticulación de algunos circuitos culturales. El mismo 83, Lihn le escribe a Lastra: por fin unas decenas de proyectos prosperan, pero se ha trabajado aquí no sólo en la oscuridad si no para ella. A pesar de esa oscuridad, Lihn le anuncia en la misma carta la pronta publicación de El Paseo Ahumada: he escrito otra cosa para editarla en papel de diario; un grotesco en verso sobre la irrealidad nacional, más dura que la realidad misma.

A pesar de la oscuridad, contra ella, Lihn se convertirá en un animador del movimiento cultural contra la dictadura. Tomará el lugar de un estratega cultural, quizás plenamente equivocado, como le escribe a Pedro Lastra, que interviene en el espacio abierto a la disidencia por el movimiento social. Su quehacer es intenso y versátil: Este verano he hecho muchas cosas aquí: un video, artículos para las revistas, un borrador de teatro, otros poemas, participaciones en protestas y actos públicos (mañana estamos citados al juzgado), organicé una exposición, etc. He dado, en suma, pasos que pueden costarme la expulsión de la Universidad, pero trabajo ya virtualmente en un instituto, el Centro Cultural Mapocho y otros sitios. Algo bastante vertiginoso. Las protestas han cambiado este país, quién sabe hasta qué punto. (1984) Este quehacer, los proyectos en que Lihn se va involucrando, crean nuevos anclajes con el país. Su incursión en el teatro, por ejemplo: A mí me vuelven a ocurrir cosas —la Meka es una de ellas— que me religan al horroroso, escribe el año 84. 
Este compromiso con la realidad política del país, expresado a través de esta actividad vertiginosa, no careció del filo crítico que caracterizó siempre la mirada de Enrique Lihn. Invertido en la tentativa de abrir nuevos derroteros, parte importante de su quehacer estuvo enfocado en superar el lenguaje y las formas desgastadas o meramente rituales de cierta disidencia: No hay nada que me reviente tanto como el discurso político, esas fatuidades verbales, vengan de quien vinieren. Anoche inició latamente la sesión Ricardo Lagos, es inteligente, pero académico de la Polis. Estaban Antúnez, la Roser, Gonzalo Díaz, Melladoy otros muchos que conocerás. Es decir todos. Supongo que hay que tirar de ese carro, con un dedo; es imposible salirse de la tradición de los carreros. Pero, en fin, vaya.

Un año antes de morir, Lihn viaja a España. Desde Madrid, le escribe a Lastra estas palabras: ¿Creerás que echo de menos Chile o algo que me pasa allí? O la decisión de volver crece ese espejismo. ¿Y esa decisión de dónde sale? ¡Nunca salí del horroroso etc.! Ni ese ni sus viajes anteriores, momentos de un momento, pudieron desarraigar a Enrique Lihn del remoto y presuntuoso. Su relación con este país fue una relación doble, como la de todo exiliado: compromiso y distanciamiento.

Traté de instalarme afuera, pero nunca pude. Siempre me he quedado con la incertidumbre de qué hubiera pasado si me hubiera ido, porque muchos escritores de mi generación lo hicieron. Yo he viajado, pero nunca me quedé.  A pesar de que no existió ese exilio formal, pienso que los escritores hispanoamericanos vivimos en un exilio interior, dice Lihn en la entrevista con Piña.

 Nos quedaremos todos con la incertidumbre de qué hubiera pasado si Enrique Lihn se hubiera ido. Pero Lihn se quedó. De eso hablan estas cartas enviadas a su amigo Pedro Lastra, desde el solar del extranjero.

Valparaíso. Noviembre de 2012.

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