lunes, 27 de febrero de 2017

Sobre Lihn. Ensayos biográficos por Gabriel Ruiz Ortega



(CRÍTICA) Quizá este sea uno de los libros que ansiaba leer desde el anuncio de su publicación. Por un lado, en el libro se aborda a uno de los más grandes poetas chilenos del Siglo XX. Al respecto, cuando hablamos de la tradición poética chilena, debemos hacerla con respeto y, en cierta medida, con excesiva atención. La razón es muy sencilla: esta tradición aún conserva frescura y fuerza, documentado en un legado de influencia en la poesía escrita en español durante el siglo anterior, como también en una proyección epifánica e invisible en los nuevos poetas iberoamericanos de los últimos quince años. A diferencia de otras tradiciones poéticas, la chilena se resiste a envejecer gracias a sus lectores que sí saben leer a sus poetas referenciales, o de culto, asumiendo el legado de su médula escrita.


Por:
Gabriel Ruiz Ortega

De los poetas chilenos que frecuento, Enrique Lihn es uno de ellos. No lo pienso mucho, es pues el poeta que, en lo personal, más sintoniza conmigo. Además, Lihn es una presencia estratégica en no pocos poetas latinoamericanos, bueno, esas son las ventajas de tener una librería y recibir la visita de poetas de muchísimos lugares del mundo, con los que hablas de poesía y cruzas información de poetas satélites, siendo Lihn uno de los satélites más mencionados. La poesía de Lihn habla y transmite hacia adelante, su poética exhibe un desenfado y frescura sólidos que estimulan y no solo a los poetas jóvenes, sino también a los más trajinados.

Eso, por un lado, Lihn.
Por el otro, Roberto Merino.
Sigo a Merino desde hace varios años, quizá en silencio, un silencio injusto porque he debido promocionarlo más entre los lectores peruanos, pese a que en su momento reseñé su imprescindible Pista resbaladiza. Merino, algunas señas, es poeta, rockero, editor y un atento y crítico observador de la realidad. A la fecha es un maestro de la crónica de opinión. Merino ha hecho del híbrido un lisérgico cóctel de revelaciones en donde todos los tópicos sobrepasan la inmediatez de la publicación periódica para asentarse en una tentativa de trascendencia. De lo que mira, lee, escucha y habla, el chileno dicta cátedra de escritura literaria de alta y contundente calidad.

En Lihn. Ensayos biográficos (Ediciones UDP, 2016), Merino nos entrega un acercamiento al autor de La pieza oscura, o llámalo también un perfil fragmentado. No estamos ante una biografía exhaustiva que recorre el sendero vital y poético de Lihn, sino ante un texto que nos permite entender a la persona detrás de la obra, a la leyenda que amenaza con imponerse en el imaginario de los lectores. Ese es el peligro que corren los poetas como Lihn, ser presos de sus leyendas, mientras más grande es el poeta, su leyenda es más llamativa. Merino no quiso reforzar la leyenda, por ello se aboca a los pasajes y estaciones vitales más importantes de su vida. Merino nos cuenta que a Lihn le gustaba caminar durante horas por Santiago, casi siempre sin rumbo específico, sencillamente se dejaba llevar por la intuición, también nos relata sobre la especial relación que el poeta tenía con su abuela, sus padres, su hija Andrea, sus mujeres y con otros escritores. Esta cadena de relaciones, pautadas por cambios que iban de la tranquilidad a la exaltación, nos configura un hombre excesivamente volado. Lo suponemos en principio, pero luego arribamos a la certeza, porque los ensayos “Familia”, “Habla”, “Animales” y “Vida doméstica” conforman una galaxia minada de asteroides Lihn y meteoritos Lihn que se estrellan entre sí. Entonces no nos sorprende su forma de ser, y vamos entendiendo de a pocos su rebeldía festiva con la vida. Para comprender lo que digo, sugiero la lectura del ensayo “Peleas”, que entre líneas es mucho más que su truncado duelo con el no menos grande Jorge Teillier.

Merino no lo cuenta todo, solo sugiere, consignando datos y testimonios de algunas personas que conocieron a Lihn, sus testimonios no son muchos, solo hablan y participan los que sí tienen algo que decir, sin caer en el lugar común y la anécdota idiota, a saber, uno: el muy buen narrador Germán Marín. En cada una de estas páginas nos hechiza una luz, por demás extraña pero mágica. Lihn se erige como una figura inigualable, como uno de esos tocados que aparecen cada cincuenta años, cuyo paso por el mundo marcó definitivamente a más de uno, a Merino, por ejemplo, que está a la altura de este proyecto. Sus ensayos debemos disfrutarlos como pequeñas y peligrosas dosis de literatura y vida, pero eso sí, nos hubiese gustado tres dosis más, es decir, un coqueteo arriesgado de la peligrosa sobredosis Lihn.

lunes, 6 de febrero de 2017

Sobre Batman en Chile, de Enrique Lihn Por Luciano Alonso



Batman en Chile, de Enrique Lihn
|Por Luciano Alonso|

Enrique Lihn, famoso poeta, novelista y crítico chileno, popularizado entre los lectores más jóvenes por los elogios que Roberto Bolaño supo brindarle, ha escrito una novela rarísima y bizarra. Una novela cuya existencia es casi un secreto. El libro se llama Batman en chile y, claro está, es una rareza total. Publicada en 1973 y jamás reeditada. Hoy convertida en un mito, que celebramos ampliamente.

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El argumento es así: La señorita Juana Sommers, también llamada Vilma Vance, es la secretaria de relaciones públicas y asuntos internacionales. Su jefe le informa acerca de la llegada de Batman a Santiago de Chile. La sola idea de que Batman se interese en un país de América del Sur es, de por sí, ridícula. Batman que acaso expresa el mito y la fantasía del superhéroe norteamericano, parece no tener nada que ver con el universo que pueda surgir de un país como chile. De buenas a primeras, son como mundos que no pueden mezclarse. Incluso aunque sea una fantasía, es casi imposible reprimir la risa.

Willie Morgan es un perseguido político y es probable que Batman haya ido hasta allí para protegerlo. También es probable que Batman esté allí para liberar al país de la dictadura del proletariado. La prensa colma el aeropuerto, ansiosos de poder encontrarse con Batman. Por medio de un helicóptero, aterrizan directamente en la mansión Morgan, donde disponen de falsos Batmanes para distraer a la prensa y a los espías. Aunque no queda claro quiénes son los buenos y los malos. Ni siquiera para el héroe. Si en este momento está recordando el famoso sketch de Cha-Cha-Cha y los Batmanes del Mercosur, sepa que de eso se trata.

En un momento de intimidad junto a Juana, se desatan polémicas ideológicas que despiertan deseos sexuales en el encapuchado, pero la cosa no pasa a mayores, ya que son interrumpidos por un hatajo de Batmanes impostores y la velada queda interrumpida por la presencia e irrupción de la policía.

Tanto Batman como Juana, van a parar a la cárcel. Despojan al héroe de sus pertenencias, lo que lo reduce a una persona más o menos normal. Lo liberan por cuestiones diplomáticas, y lo llevan hasta la mansión de Mincho. El chofer que presta el servicio, es un ex convicto que fue encarcelado, a su vez, por Batman.

La Gran Sociedad Libre, se presenta como una conspiración misteriosa, algo fantástica. Sus defensores temen y combaten el Marxismo, aunque nadie sabe qué es exactamente el Marxismo, y tampoco quiénes son los defensores.

En la Mansión, Batman es invitado a ocupar una habitación para huéspedes. La hermana de Mincho parece hacerle la corte a Batman. Entre una cosa y otra, el sueño del héroe queda perturbado. Necesita recurrir a barbitúricos para calmarse, pero ellos solo le proporcionan un sueño perturbador donde imagina un posible destino dramático para Robin, que ha ido a combatir a Vietnam.

La novela pivotea entre la crítica social, la parodia, el humor y la sátira política. La permanente pulsión sexual que atraviesa a los personajes: el deseo y las preocupaciones que los aqueja, nos habla de una confusión entre diferentes mundos. Todo parece divertido y alocado y peligroso e ingenuo a la vez. El disparate, entonces, se presenta como última alternativa o como la mejor alternativa. Confusión y transición son las dos palabras claves de esta novela. Una apoteosis surrealista que nos abraza en el delirio y la aventura.

viernes, 3 de febrero de 2017

Sobre la poesía política de Enrique Lihn UN HOMBRE CONCERNIDO: Por Vicente Undurraga



Sobre la poesía política de Enrique Lihn 
UN HOMBRE CONCERNIDO
Prólogo a La aparición de la Virgen y otros poemas políticos. Ediciones UDP, 2012.

Por Vicente Undurraga

“La idea del espíritu que presupone una esencia intemporal del hombre, indiferente a la historia, un cierto ‘reino de la libertad’ que se realiza al margen de la contingencia, esa idea anima el Cuerpo E de Artes y Letras mercuriales. Se puede combatir en su nombre, pero, claro está, a favor de una concepción idealizante de la cultura que deje, en cada caso, el mundo donde está”. Esto que con razonado desprecio escribió en 1984 Enrique Lihn ilustra, por oposición, con claridad meridiana lo que él mismo buscaba con su poesía: sacudir al mundo, o cuando menos a una parte de sus habitantes, de manera tal que tras la lectura ya las cosas no pudieran volver a verse con los mismos ojos (o, tal vez, que ya las cosas no estuvieran donde mismo). Hay veces en que la cultura –la poesía– o bien sirve primero que nada para conjurar el encandilamiento de todo mal o no sirve para nada mucho. Si el sol que en plena dictadura había que mamarse esperando las apariciones de la virgen en Villa Alemana quemaba los ojos de los fieles y curiosos, la poesía de Lihn se jugaba por devolver un reflejo hecho pedazos, a veces jocoso, otras filudo y otras conmovedor, del espectáculo en torno a esa virgen que el gobierno quiso hacer creer que veía en peladeros más bien infernales de Villa Alemana un tal Miguel Ángel –niño que terminaría cambiándose de sexo y llamándose Karol Romanoff, en lo que Pedro Lemebel acertó a calificar como “la transfiguración de Miguel Ángel”.

La aparición de la Virgen y otros poemas políticos, cuya factura editorial estuvo a cargo de Andrés Florit, se estructura en tres partes que describen muy bien el tránsito del espíritu con que Lihn se relacionó con la vida política del país y del mundo, con su tiempo, su lugar y su comunidad. En la primera parte aparece la oscilación entre una fervorosa y regular poesía militante y una brillante poesía celebratoria o reflexiva, que fue la que escribió antes del golpe, cuando la Revolución Cubana era todavía un sueño (o “el nacimiento del espíritu crítico”) y no una pesadilla de la que en vano se intentaba despertar. Es una poesía, la de estos años, en sus picos deslumbrante, humorística en ocasiones, que oscila sin tapujos entre asuntos universales y cuestiones estrictamente locales, y de la que sobresalen poemas como “Época del sarcasmo”, “La sedición” (donde aparece el “Dunny”), “A la clase media” o “La derrota”, que tiene una de esas comparaciones típicamente lihneanas, hechas como al paso pero que producen el duradero efecto de un fierrazo en la lectura: “El orador piensa en la muerte, y la muerte, por primera vez, en sí misma, con la perplejidad de una primera dama que fuera repentinamente violada por una horda de beats en su propia residencia”. Como sucederá en toda la obra de Lihn, la forma de los poemas varía ostensiblemente entre un libro y otro, pero son variaciones tácticas; para este pintor de la vida moderna no hay pinceles permanentes, pero sí se mantiene la estrategia poética: procurar “un saber que se ajuste como el tigre a su presa / al mal o somos pasto de la palabrería”.

En la segunda sección está el rastro, primero esperpéntico y luego cada vez más agudo y siempre chirriante, del quehacer de Lihn tras el golpe. De esa etapa es por ejemplo Lihn & Pompier, donde se pueden leer estos versos: “Si se prescinde de la indignación moral / se puede incluso sospechar que esa degollación / es una figura retórica de la Divina Providencia”. Naturalmente, Lihn sabía que no se puede prescindir de la indignación moral, no creía en la Divina Providencia y menos iba a sospechar de la veracidad de las degollaciones (una sospecha de ese tipo solo podía deberse a conveniencia o connivencia); versos así se explican, más bien, porque Lihn era un gran simulador de voces contrarias, de energúmenos. De esta etapa es también El Paseo Ahumada, cuya estridencia es la propia de unos textos que se proponen como un “canto particular”, y donde Lihn, en una maniobra que es en sí misma política (año 1983), entrega la voz y/o pone el foco en una mendicante víctima de la recesión. Casi treinta años después, la asombrosa actualidad de El Paseo Ahumada puede refrendarse en la lectura de “Muérete de gusto en una clínica particular”, con seguridad el más veraz y negramente divertido poema que se ha escrito sobre la usura en el sistema de salud privado de Chile.

Finalmente, se incluye entera La aparición de la Virgen, donde, ya lejos del temple del versificador de poemas como “A la clase media” o del sonetista ingenioso de París, situación irregular, Lihn opera una poesía de carácter frontal, cuando no confrontacional (aunque nunca deja de propiciar lecturas oblicuas), en apariencia descuidada, una poesía que le planta cara igualmente a la belleza pura y al presidente de la Corte Suprema, a la derecha (“los viejos sátrapas”) y a la CNI –todavía sorprende la rotundidad del poema que abre el libro: “Mil veces preferible quemarse los ojos para ver a la virgen / que estar en el elenco de los que filman con sangre”–. Y si esta poesía puede tener inclinaciones malsonantes o enrielar con frecuencia en la vía prosaica, esto en ningún caso es dable suponer que se deba a impericia o menos a inconsciencia o apuro del poeta. Más justo es pensar de Lihn lo que Joseph Brodsky pensaba de Eugenio Montale: “Su objeción al exceso estilístico es claramente ética, además de estética”. Dicho de un modo más cercano, Lihn no contradice toda su protesta con melodías rebuscadas y hermosas, que es, casi textualmente, lo que le impugnaba Jorge González, de Los Prisioneros, a mucho cantor de pretensiones contestatarias en el oscuro Chile de esos años.

La aparición de la Virgen, como su anterior El Paseo Ahumada, fue publicado por Lihn como un opúsculo, en formato y papel de diario –sorteando a la vez censura y pobreza– y con dibujos hechos por él mismo que adicionan densidad a los ya densos signos puestos en circulación mediante palabras por Lihn (en un dibujo aparecen esqueletos protestando). Y aquí nuevamente encaja algo de Brodsky sobre Montale: “Constituye casi una regla que, para sobrevivir bajo la presión totalitaria, el arte debe desarrollar una densidad directamente proporcional a la magnitud de dicha presión”. Y no es que se trate de un libro hermético u hostil, sino de un libro, por decirlo de algún modo, intenso, en el sentido de copiosamente cargado de alusiones, significaciones, citas e impugnaciones, todo en un ánimo entre desafiante, paródico (“Allanados y allanadores / venid y va-á-mos to-ódos”), juglaresco y, me atrevería a decir, democrático, pues Lihn no olvida ni cuando hace poemas de amor que la poesía no es una cuestión personal, cediéndole la palabra incluso a un especie de locutor de radio con aires cenetas (esto es, de miembro o simpatizante de la CNI).

La aparición de la Virgen es el libro de un poeta que se quedó en Chile (cuando salía, como se lee en “Voy por las calles de un Madrid secreto”, se veía diciéndose: “No sé qué mierda estoy haciendo aquí”), un poeta que casi fatalmente se fue quedando en Santiago y estableciendo una postura de hostilidad intelectual permanente y versátil hacia la dictadura y sus avales civiles, teniendo que asumir el lugar, es de suponer que hasta cierto punto incómodo para un carácter refractario como el suyo, de faro o referente para muchos. No sin vacilaciones se habrá animado a hacerse cargo de un episodio que involucraba a la Virgen, cuestión harto incómoda considerando, primero, que se trataba de una maniobra distractiva del gobierno y, segundo, que Chile es un país extremadamente mariano, un país donde se puede hacer burla o cuestión del Papa y de Cristo, de Adán y de Eva, pero de la Virgen no, porque medio mundo se enerva, cunden querellas y con facilidad todo puede terminar mal. Como sea, Lihn no se burla de la Virgen en ese libro, tampoco del niño Miguel Ángel ni de los crédulos. Su principal empeño, y también esto comporta una buena dosis de coraje político, consiste en desmantelar la precaria estructura retórica de un vil montaje comunicacional, terminando de escamotearle el sentido que nunca logro proyectar.

Aparte de una bitácora de las transformaciones de un sujeto y su contexto, las tres secciones de este libro integran la larga y apasionada crónica de una permanencia en el tiempo. Lihn era un poeta crítico, un metapoeta o contrapoeta como se ha dicho abusando de la cacofonía, pero este libro refuerza la idea de Lihn como un poeta ante todo ético, movido siempre por una moral de la responsabilidad, a la manera en que Hermann Broch o Violeta Parra eran escritores éticos, es decir, simplemente a la manera de un hombre o una mujer atentos a lo que su tiempo pudiera demandar, para menor mal del resto, de alguien como ellos, acicateados por el imperativo de incomodar el acomodamiento de la infamia en el país, el imperativo de no dejar el mundo tal cual estaba antes de acometerse su representación. Tal vez sea apropiado decirlo con las palabras con que Roland Barthes dejó indicada la relevancia de Bertolt Brecht: “Conocer a Brecht tiene una importancia distinta a la de conocer a Shakespeare o Gogol; porque Brecht escribe su teatro exactamente para nosotros, y no para la eternidad… La crítica brechtiana es pues una plena crítica de espectador, de lector, de consumidor, y no de exégeta: es una crítica de hombre concernido”. La poesía crítica de Lihn también lo es. Con la gracia adicional de resistir perfectamente una reedición veinticinco años después.

Que La aparición de la Virgen haya sido el último libro publicado por Enrique Lihn en vida (luego, póstumamente, saldría su Diario de muerte) da pistas para pensar qué habría escrito si hubiera traspasado el umbral de los años 90. Con seguridad, no sería de complacencia la mueca que su poesía y su persona habrían dejado escapar ante la contemplación del espectáculo –no sanguinario como el de la dictadura, pero apenas un poco menos injusto– de la democracia vigilada, de la justicia en la medida de lo posible y de la cultura entretenida.


lunes, 9 de enero de 2017

Correo para Enrique Lihn [ Remitente Jaime Pinos]





Correo para Enrique Lihn

Remitente Jaime Pinos
(Publicado originalmente en La Calabaza del Diablo. Número 6. Verano de 2000)
http://www.lanzallamas.org



De hecho, para serle sincero, buscaba otro libro. Revolvía el gallinero de mi pieza tras la novela de Cabrera Infante que había comenzado hace un par de días, cuando apareció de improviso ante mis ojos el librito negro. En la pequeña foto de portada, usted. Con sombrero de copa y un par de gafas gruesas equilibrándose en la punta de la nariz. A partir de Manhattan, de Ediciones Ganymedes, 1979. El primer libro suyo que leí.

Coincidencia de orden más bien sentimental que, sumada al encargo de este diario que no existe de escribir sobre un autor, explica el origen de estas líneas someras que circulan en torno a algunos de sus versos.

Ahí le van.

Con todo respeto, claro.

Escribo, ergo el otro existe

(La aparición de la Virgen)Totalmente de acuerdo, Don Enrique. Para mí, eso es la escritura. Una disposición al encuentro. Una propuesta de contacto. La escritura es una tentativa por hacer posible la confluencia con el otro: el lector.

Ya se sabe. Escribir un libro es arrojar una botella al mar.

Uno apenas alcanza a fijar sobre el papel los primeros trazos, los contornos iniciales de una figura que se sabe de antemano quedará inconclusa. A la espera de alguien que cierre el anillo abierto en la escritura. Que complete la figura al leer el libro.

El lector. Aquel que puede confluir con la vitalidad que encierra toda escritura verdadera restituyendo el libro a su orden original. El mundo, el inabarcable fluir de la vida y sus transfiguraciones.

Porque un libro está vivo en la medida que permanece abierto a la combinación, única e irrepetible, que cada lector propone. A la convergencia con su biografía particular y las circunstancias de su Historia.

O mejor, con su vida.

Sólo el lector puede cerrar el anillo antiguo de la literatura en el mismo sitio donde la escritura con mayúscula, la de los grandes escritores y los grandes libros, siempre ha marcado el inicio del círculo, el nacimiento de la esfera. La biografía y la Historia del que escribe.

O mejor, su vida.

La literatura se transforma así en un juego de ida y vuelta donde lo importante es la comunión entre estas dos vitalidades. La vida del que escribe y la vida del que lee. En una ceremonia donde lo central no es el rito, sino la ocurrencia del pasaje, la disolución del límite ficticio entre uno y otro lado del papel.

Escribir para, asumir la existencia del otro, es concebir la escritura como un gesto que tiene que ver, en lo esencial, con la comunicación humana. Con una comprensión de la literatura como vivencia compartida.

Escribir. Arrojar una botella al mar de las imaginaciones y aguardar el desciframiento. El mensaje desde la otra orilla, la respuesta de vuelta. La señal de retorno que hace de la literatura una forma posible de abolir todas las distancias y todas las soledades.

Discúlpeme el trabalenguas, pero asuma también su parte. No me va a negar que la enunciación cartesiana del verso induce a la especulación.

De cualquier forma, le contaré que la situación respecto a este tema se presenta más bien peluda por estos pagos.

Por un lado, se ha ido imponiendo, comercio y parafernalia mediante, una literatura que concibe al lector en términos  bien distintos a los suyos: como un consumidor. Escribo ergo el consumidor existe. Se os ha venido encima una avalancha de libros escritos para ser consumidos, no leídos. Libros cuyas páginas se agotan en la recepción mecánica de un lector que, con su propia banalidad, reproduce el círculo vicioso de una seudoliteratura.

Por otro, los pocos que se retraen ante la mala comedia que es la escena literaria actual parecen, mayoritariamente, perdidos entre la apatía, el autismo y la marginalidad.

De seguro, la recuperación de una literatura concebida como práctica de comprensión y acercamiento al bicho humano pasa, tal como usted propone, por asumir al lector como un igual y a la escritura como una propuesta de contacto e intercambio.

La degradación del lector a la mera condición de receptor pasivo, consumidor de libros antes que lector, degrada a la escritura sustrayéndole la médula. Su calidad de apertura a un diálogo vital. Las potencias misteriosas que hacen de la literatura el círculo mágico donde se encuentran los dos extremos de la soga.

Yo y el otro.

Pasando a otro punto.

La realidad es el único libro que nos hace sufrir.

La realidad es la única película que nos quita el sueño.

(La aparición de la Virgen)

Sus libros proponen también la instalación de la literatura en el centro mismo de la realidad. O más precisamente, y siguiendo con el trabalenguas, la instalación de la realidad en el centro mismo de la literatura.

No era lo mismo habiendo crecido usted y su generación frente a la bucólica postal criollista que por ese entonces se encubría bajo el prestigio de un falso realismo. Pero claro, estuvo Parra y por ahí se abrió la ventanilla por donde colarse y emprender la rebelión contra la letra muerta.

Desmistificar, desmistificar, estas son las palabras de las que yo trataría de apropiarme en la práctica, dijo usted alguna vez. Y tenían razón. Porque comprender implica casi siempre desmistificar. Inyectarle realidad a la literatura ha sido siempre, de una forma u otra, rescatarla de sus propias mitologías y exponerla, sin máscara alguna, a los avatares del mundo. Concebir y practicar una escritura que no busca ser reflejo sino parte de ese movimiento complejo y contradictorio que llamamos realidad.

Complejo y contradictorio, subrayado. Porque la falsificación de lo real suele provenir de su simplificación y ya está claro a estas alturas que uno y uno no siempre suman dos. La literatura debe responder entonces, si su sentido radica en pesquisar la realidad, a la óptica de un caleidoscopio cuya estrella cambia una y otra vez según la disposición de sus cristales.

Pero, sobre todo, la literatura debe jugarse por superar las dicotomías que encierra todo binarismo. Esa comprensión que reduce y disminuye el infinito cromatismo de lo real a la pobre dualidad del blanco y negro. Empezando por la dicotomía que impone la separación, la ficción de una distancia mediando entre el yo y la realidad del mundo: Puesto que el yo subjetivo no es ni un pozo ni un rincón, no un callejón sin salida del que, simplemente, se trata de extraer algunos monstruos a la conciencia purificadora y derretirlos en ella. Este comunica con la realidad social-objetiva, por mucho que se distancien, mutuamente en determinadas coyunturas, las bocas de esta especie de túnel laberíntico.

Lo individual y lo social, caras de una misma moneda. Bien sabía usted por esas fechas, en su crítica radical del realismo socialista, la importancia de una comprensión integrativa de estos ámbitos para el advenimiento de un verdadero realismo. La necesidad de avanzar, frente a los alcances parciales y no siempre luminosos del conocimiento científico y del pensamiento social, hacia la revelación de las dimensiones subjetivas del individuo. Una tarea pendiente que implica entender la literatura como una empresa de profundidad antropológica cuyo sentido está en restablecer la unidad donde nuestra desgastada cultura, en su enfermedad, ha impuesto la oposición. Desde una concepción en que el hombre es la medida de todas las cosas y la personalidad es el modo, cada vez distinto, de asumir al hombre plural; el correlato del sesgo, siempre más i menos inesperado, que adoptan al manifestarse las energías creadoras.

Unos últimos comentarios para ir terminando.

Porque escribí no estuve en la casa del verdugo

Ni me dejé llevar por el amor a dios

No acepté que los hombres fueran dioses

Ni me hice desear como escribiente

Ni la pobreza me pareció atroz

Ni el poder una cosa deseable

(La musiquilla de las pobres esferas)

En el contexto de una literatura cada vez más inofensiva, sus palabras no dejan de sonar un tanto extemporáneas. La domesticación de las letras nacionales a manos de mercadeos y burocracias parece, hoy por hoy, casi irremontable. Un triste espectáculo cuyo decorado, todo luces y lentejuelas, ha terminado por ocultar con su bochinche la mejor y más vigorosa tradición de la literatura chilena que ha corrido siempre bajo el signo de la palabra indócil. Pienso, por ejemplo, en De Rokha, en Carlos Droguett, en usted mismo.

La obsecuencia y el clientelismo de las estrellas de este espectáculo encubre, tras la precariedad colorinche de sus bastidores, la absoluta bancarrota, apenas desmentida por escasas excepciones, en que ha caído la literatura chilena a costa de sus propias renuncias y capitulaciones.

Renuncia a la vocación crítica que hace de la literatura una forma de enfrentar el conformismo y la desidia, de abrir caminos a la continua reinvención del hombre y de la época. En la ecuación de la gran literatura, literatura siempre ha sido igual a crítica de la realidad. O en sus propias palabras: La instancia crítica es para mí inmanente a la literatura. Crítica de la sociedad, crítica de la cultura y, en último término, crítica de la realidad. No hago de la crítica un tema literario, porque creo que un cierto modo de hacer literatura, al que aspiro, es de por sí una acción crítica.

Capitulación frente al poder que convierte a la literatura en mera cortesanía y al escritor en una suerte de fantoche, practicante de una escritura acotada a la trivialidad vacía del divertimento. La palabra poética –lengua de los márgenes– empatiza, en mi caso, con los oprimidos que, en lugar de hacer la historia, la padecen. Le ahorro los epítetos a los que se haría merecedor en un país cuyos autores, en su mayoría, han optado por escribir dándole la espalda a la indignante y a menudo dramática realidad nacional.

Por último, debo decirle que se echan de menos escritores como usted, capaces de escribir desde la libertad que otorga la permanente autocrítica y, sobre todo, desde una profunda desconfianza ante cualquier sacralización, aún la de las propias ideas. No soy un hombre de fe; los mitos me abruman, desconfía hasta de mi propia ideología en el punto que ella tiende como cualquier otra a profesarse como una religión o segregar una mitología.

Van cuatro carillas y ya me extiendo demasiado, no quiero abusar de su paciencia. Desde ya lo eximo de cualquier responsabilidad respecto a estas líneas. Para terminar, permítame decirle que a menudo vuelvo a sus libros. Como se vuelve a los libros que nos recuerdan la total correspondencia entre la escritura y la vida. Y nos ayudan a entender que la literatura es, ante todo, un continuo llamamiento a la libertad total del bicho humano.



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