lunes, 9 de enero de 2017

Correo para Enrique Lihn [ Remitente Jaime Pinos]





Correo para Enrique Lihn

Remitente Jaime Pinos
(Publicado originalmente en La Calabaza del Diablo. Número 6. Verano de 2000)
http://www.lanzallamas.org



De hecho, para serle sincero, buscaba otro libro. Revolvía el gallinero de mi pieza tras la novela de Cabrera Infante que había comenzado hace un par de días, cuando apareció de improviso ante mis ojos el librito negro. En la pequeña foto de portada, usted. Con sombrero de copa y un par de gafas gruesas equilibrándose en la punta de la nariz. A partir de Manhattan, de Ediciones Ganymedes, 1979. El primer libro suyo que leí.

Coincidencia de orden más bien sentimental que, sumada al encargo de este diario que no existe de escribir sobre un autor, explica el origen de estas líneas someras que circulan en torno a algunos de sus versos.

Ahí le van.

Con todo respeto, claro.

Escribo, ergo el otro existe

(La aparición de la Virgen)Totalmente de acuerdo, Don Enrique. Para mí, eso es la escritura. Una disposición al encuentro. Una propuesta de contacto. La escritura es una tentativa por hacer posible la confluencia con el otro: el lector.

Ya se sabe. Escribir un libro es arrojar una botella al mar.

Uno apenas alcanza a fijar sobre el papel los primeros trazos, los contornos iniciales de una figura que se sabe de antemano quedará inconclusa. A la espera de alguien que cierre el anillo abierto en la escritura. Que complete la figura al leer el libro.

El lector. Aquel que puede confluir con la vitalidad que encierra toda escritura verdadera restituyendo el libro a su orden original. El mundo, el inabarcable fluir de la vida y sus transfiguraciones.

Porque un libro está vivo en la medida que permanece abierto a la combinación, única e irrepetible, que cada lector propone. A la convergencia con su biografía particular y las circunstancias de su Historia.

O mejor, con su vida.

Sólo el lector puede cerrar el anillo antiguo de la literatura en el mismo sitio donde la escritura con mayúscula, la de los grandes escritores y los grandes libros, siempre ha marcado el inicio del círculo, el nacimiento de la esfera. La biografía y la Historia del que escribe.

O mejor, su vida.

La literatura se transforma así en un juego de ida y vuelta donde lo importante es la comunión entre estas dos vitalidades. La vida del que escribe y la vida del que lee. En una ceremonia donde lo central no es el rito, sino la ocurrencia del pasaje, la disolución del límite ficticio entre uno y otro lado del papel.

Escribir para, asumir la existencia del otro, es concebir la escritura como un gesto que tiene que ver, en lo esencial, con la comunicación humana. Con una comprensión de la literatura como vivencia compartida.

Escribir. Arrojar una botella al mar de las imaginaciones y aguardar el desciframiento. El mensaje desde la otra orilla, la respuesta de vuelta. La señal de retorno que hace de la literatura una forma posible de abolir todas las distancias y todas las soledades.

Discúlpeme el trabalenguas, pero asuma también su parte. No me va a negar que la enunciación cartesiana del verso induce a la especulación.

De cualquier forma, le contaré que la situación respecto a este tema se presenta más bien peluda por estos pagos.

Por un lado, se ha ido imponiendo, comercio y parafernalia mediante, una literatura que concibe al lector en términos  bien distintos a los suyos: como un consumidor. Escribo ergo el consumidor existe. Se os ha venido encima una avalancha de libros escritos para ser consumidos, no leídos. Libros cuyas páginas se agotan en la recepción mecánica de un lector que, con su propia banalidad, reproduce el círculo vicioso de una seudoliteratura.

Por otro, los pocos que se retraen ante la mala comedia que es la escena literaria actual parecen, mayoritariamente, perdidos entre la apatía, el autismo y la marginalidad.

De seguro, la recuperación de una literatura concebida como práctica de comprensión y acercamiento al bicho humano pasa, tal como usted propone, por asumir al lector como un igual y a la escritura como una propuesta de contacto e intercambio.

La degradación del lector a la mera condición de receptor pasivo, consumidor de libros antes que lector, degrada a la escritura sustrayéndole la médula. Su calidad de apertura a un diálogo vital. Las potencias misteriosas que hacen de la literatura el círculo mágico donde se encuentran los dos extremos de la soga.

Yo y el otro.

Pasando a otro punto.

La realidad es el único libro que nos hace sufrir.

La realidad es la única película que nos quita el sueño.

(La aparición de la Virgen)

Sus libros proponen también la instalación de la literatura en el centro mismo de la realidad. O más precisamente, y siguiendo con el trabalenguas, la instalación de la realidad en el centro mismo de la literatura.

No era lo mismo habiendo crecido usted y su generación frente a la bucólica postal criollista que por ese entonces se encubría bajo el prestigio de un falso realismo. Pero claro, estuvo Parra y por ahí se abrió la ventanilla por donde colarse y emprender la rebelión contra la letra muerta.

Desmistificar, desmistificar, estas son las palabras de las que yo trataría de apropiarme en la práctica, dijo usted alguna vez. Y tenían razón. Porque comprender implica casi siempre desmistificar. Inyectarle realidad a la literatura ha sido siempre, de una forma u otra, rescatarla de sus propias mitologías y exponerla, sin máscara alguna, a los avatares del mundo. Concebir y practicar una escritura que no busca ser reflejo sino parte de ese movimiento complejo y contradictorio que llamamos realidad.

Complejo y contradictorio, subrayado. Porque la falsificación de lo real suele provenir de su simplificación y ya está claro a estas alturas que uno y uno no siempre suman dos. La literatura debe responder entonces, si su sentido radica en pesquisar la realidad, a la óptica de un caleidoscopio cuya estrella cambia una y otra vez según la disposición de sus cristales.

Pero, sobre todo, la literatura debe jugarse por superar las dicotomías que encierra todo binarismo. Esa comprensión que reduce y disminuye el infinito cromatismo de lo real a la pobre dualidad del blanco y negro. Empezando por la dicotomía que impone la separación, la ficción de una distancia mediando entre el yo y la realidad del mundo: Puesto que el yo subjetivo no es ni un pozo ni un rincón, no un callejón sin salida del que, simplemente, se trata de extraer algunos monstruos a la conciencia purificadora y derretirlos en ella. Este comunica con la realidad social-objetiva, por mucho que se distancien, mutuamente en determinadas coyunturas, las bocas de esta especie de túnel laberíntico.

Lo individual y lo social, caras de una misma moneda. Bien sabía usted por esas fechas, en su crítica radical del realismo socialista, la importancia de una comprensión integrativa de estos ámbitos para el advenimiento de un verdadero realismo. La necesidad de avanzar, frente a los alcances parciales y no siempre luminosos del conocimiento científico y del pensamiento social, hacia la revelación de las dimensiones subjetivas del individuo. Una tarea pendiente que implica entender la literatura como una empresa de profundidad antropológica cuyo sentido está en restablecer la unidad donde nuestra desgastada cultura, en su enfermedad, ha impuesto la oposición. Desde una concepción en que el hombre es la medida de todas las cosas y la personalidad es el modo, cada vez distinto, de asumir al hombre plural; el correlato del sesgo, siempre más i menos inesperado, que adoptan al manifestarse las energías creadoras.

Unos últimos comentarios para ir terminando.

Porque escribí no estuve en la casa del verdugo

Ni me dejé llevar por el amor a dios

No acepté que los hombres fueran dioses

Ni me hice desear como escribiente

Ni la pobreza me pareció atroz

Ni el poder una cosa deseable

(La musiquilla de las pobres esferas)

En el contexto de una literatura cada vez más inofensiva, sus palabras no dejan de sonar un tanto extemporáneas. La domesticación de las letras nacionales a manos de mercadeos y burocracias parece, hoy por hoy, casi irremontable. Un triste espectáculo cuyo decorado, todo luces y lentejuelas, ha terminado por ocultar con su bochinche la mejor y más vigorosa tradición de la literatura chilena que ha corrido siempre bajo el signo de la palabra indócil. Pienso, por ejemplo, en De Rokha, en Carlos Droguett, en usted mismo.

La obsecuencia y el clientelismo de las estrellas de este espectáculo encubre, tras la precariedad colorinche de sus bastidores, la absoluta bancarrota, apenas desmentida por escasas excepciones, en que ha caído la literatura chilena a costa de sus propias renuncias y capitulaciones.

Renuncia a la vocación crítica que hace de la literatura una forma de enfrentar el conformismo y la desidia, de abrir caminos a la continua reinvención del hombre y de la época. En la ecuación de la gran literatura, literatura siempre ha sido igual a crítica de la realidad. O en sus propias palabras: La instancia crítica es para mí inmanente a la literatura. Crítica de la sociedad, crítica de la cultura y, en último término, crítica de la realidad. No hago de la crítica un tema literario, porque creo que un cierto modo de hacer literatura, al que aspiro, es de por sí una acción crítica.

Capitulación frente al poder que convierte a la literatura en mera cortesanía y al escritor en una suerte de fantoche, practicante de una escritura acotada a la trivialidad vacía del divertimento. La palabra poética –lengua de los márgenes– empatiza, en mi caso, con los oprimidos que, en lugar de hacer la historia, la padecen. Le ahorro los epítetos a los que se haría merecedor en un país cuyos autores, en su mayoría, han optado por escribir dándole la espalda a la indignante y a menudo dramática realidad nacional.

Por último, debo decirle que se echan de menos escritores como usted, capaces de escribir desde la libertad que otorga la permanente autocrítica y, sobre todo, desde una profunda desconfianza ante cualquier sacralización, aún la de las propias ideas. No soy un hombre de fe; los mitos me abruman, desconfía hasta de mi propia ideología en el punto que ella tiende como cualquier otra a profesarse como una religión o segregar una mitología.

Van cuatro carillas y ya me extiendo demasiado, no quiero abusar de su paciencia. Desde ya lo eximo de cualquier responsabilidad respecto a estas líneas. Para terminar, permítame decirle que a menudo vuelvo a sus libros. Como se vuelve a los libros que nos recuerdan la total correspondencia entre la escritura y la vida. Y nos ayudan a entender que la literatura es, ante todo, un continuo llamamiento a la libertad total del bicho humano.



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