lunes, 27 de febrero de 2017

Sobre Lihn. Ensayos biográficos por Gabriel Ruiz Ortega



(CRÍTICA) Quizá este sea uno de los libros que ansiaba leer desde el anuncio de su publicación. Por un lado, en el libro se aborda a uno de los más grandes poetas chilenos del Siglo XX. Al respecto, cuando hablamos de la tradición poética chilena, debemos hacerla con respeto y, en cierta medida, con excesiva atención. La razón es muy sencilla: esta tradición aún conserva frescura y fuerza, documentado en un legado de influencia en la poesía escrita en español durante el siglo anterior, como también en una proyección epifánica e invisible en los nuevos poetas iberoamericanos de los últimos quince años. A diferencia de otras tradiciones poéticas, la chilena se resiste a envejecer gracias a sus lectores que sí saben leer a sus poetas referenciales, o de culto, asumiendo el legado de su médula escrita.


Por:
Gabriel Ruiz Ortega

De los poetas chilenos que frecuento, Enrique Lihn es uno de ellos. No lo pienso mucho, es pues el poeta que, en lo personal, más sintoniza conmigo. Además, Lihn es una presencia estratégica en no pocos poetas latinoamericanos, bueno, esas son las ventajas de tener una librería y recibir la visita de poetas de muchísimos lugares del mundo, con los que hablas de poesía y cruzas información de poetas satélites, siendo Lihn uno de los satélites más mencionados. La poesía de Lihn habla y transmite hacia adelante, su poética exhibe un desenfado y frescura sólidos que estimulan y no solo a los poetas jóvenes, sino también a los más trajinados.

Eso, por un lado, Lihn.
Por el otro, Roberto Merino.
Sigo a Merino desde hace varios años, quizá en silencio, un silencio injusto porque he debido promocionarlo más entre los lectores peruanos, pese a que en su momento reseñé su imprescindible Pista resbaladiza. Merino, algunas señas, es poeta, rockero, editor y un atento y crítico observador de la realidad. A la fecha es un maestro de la crónica de opinión. Merino ha hecho del híbrido un lisérgico cóctel de revelaciones en donde todos los tópicos sobrepasan la inmediatez de la publicación periódica para asentarse en una tentativa de trascendencia. De lo que mira, lee, escucha y habla, el chileno dicta cátedra de escritura literaria de alta y contundente calidad.

En Lihn. Ensayos biográficos (Ediciones UDP, 2016), Merino nos entrega un acercamiento al autor de La pieza oscura, o llámalo también un perfil fragmentado. No estamos ante una biografía exhaustiva que recorre el sendero vital y poético de Lihn, sino ante un texto que nos permite entender a la persona detrás de la obra, a la leyenda que amenaza con imponerse en el imaginario de los lectores. Ese es el peligro que corren los poetas como Lihn, ser presos de sus leyendas, mientras más grande es el poeta, su leyenda es más llamativa. Merino no quiso reforzar la leyenda, por ello se aboca a los pasajes y estaciones vitales más importantes de su vida. Merino nos cuenta que a Lihn le gustaba caminar durante horas por Santiago, casi siempre sin rumbo específico, sencillamente se dejaba llevar por la intuición, también nos relata sobre la especial relación que el poeta tenía con su abuela, sus padres, su hija Andrea, sus mujeres y con otros escritores. Esta cadena de relaciones, pautadas por cambios que iban de la tranquilidad a la exaltación, nos configura un hombre excesivamente volado. Lo suponemos en principio, pero luego arribamos a la certeza, porque los ensayos “Familia”, “Habla”, “Animales” y “Vida doméstica” conforman una galaxia minada de asteroides Lihn y meteoritos Lihn que se estrellan entre sí. Entonces no nos sorprende su forma de ser, y vamos entendiendo de a pocos su rebeldía festiva con la vida. Para comprender lo que digo, sugiero la lectura del ensayo “Peleas”, que entre líneas es mucho más que su truncado duelo con el no menos grande Jorge Teillier.

Merino no lo cuenta todo, solo sugiere, consignando datos y testimonios de algunas personas que conocieron a Lihn, sus testimonios no son muchos, solo hablan y participan los que sí tienen algo que decir, sin caer en el lugar común y la anécdota idiota, a saber, uno: el muy buen narrador Germán Marín. En cada una de estas páginas nos hechiza una luz, por demás extraña pero mágica. Lihn se erige como una figura inigualable, como uno de esos tocados que aparecen cada cincuenta años, cuyo paso por el mundo marcó definitivamente a más de uno, a Merino, por ejemplo, que está a la altura de este proyecto. Sus ensayos debemos disfrutarlos como pequeñas y peligrosas dosis de literatura y vida, pero eso sí, nos hubiese gustado tres dosis más, es decir, un coqueteo arriesgado de la peligrosa sobredosis Lihn.

lunes, 6 de febrero de 2017

Sobre Batman en Chile, de Enrique Lihn Por Luciano Alonso



Batman en Chile, de Enrique Lihn
|Por Luciano Alonso|

Enrique Lihn, famoso poeta, novelista y crítico chileno, popularizado entre los lectores más jóvenes por los elogios que Roberto Bolaño supo brindarle, ha escrito una novela rarísima y bizarra. Una novela cuya existencia es casi un secreto. El libro se llama Batman en chile y, claro está, es una rareza total. Publicada en 1973 y jamás reeditada. Hoy convertida en un mito, que celebramos ampliamente.

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El argumento es así: La señorita Juana Sommers, también llamada Vilma Vance, es la secretaria de relaciones públicas y asuntos internacionales. Su jefe le informa acerca de la llegada de Batman a Santiago de Chile. La sola idea de que Batman se interese en un país de América del Sur es, de por sí, ridícula. Batman que acaso expresa el mito y la fantasía del superhéroe norteamericano, parece no tener nada que ver con el universo que pueda surgir de un país como chile. De buenas a primeras, son como mundos que no pueden mezclarse. Incluso aunque sea una fantasía, es casi imposible reprimir la risa.

Willie Morgan es un perseguido político y es probable que Batman haya ido hasta allí para protegerlo. También es probable que Batman esté allí para liberar al país de la dictadura del proletariado. La prensa colma el aeropuerto, ansiosos de poder encontrarse con Batman. Por medio de un helicóptero, aterrizan directamente en la mansión Morgan, donde disponen de falsos Batmanes para distraer a la prensa y a los espías. Aunque no queda claro quiénes son los buenos y los malos. Ni siquiera para el héroe. Si en este momento está recordando el famoso sketch de Cha-Cha-Cha y los Batmanes del Mercosur, sepa que de eso se trata.

En un momento de intimidad junto a Juana, se desatan polémicas ideológicas que despiertan deseos sexuales en el encapuchado, pero la cosa no pasa a mayores, ya que son interrumpidos por un hatajo de Batmanes impostores y la velada queda interrumpida por la presencia e irrupción de la policía.

Tanto Batman como Juana, van a parar a la cárcel. Despojan al héroe de sus pertenencias, lo que lo reduce a una persona más o menos normal. Lo liberan por cuestiones diplomáticas, y lo llevan hasta la mansión de Mincho. El chofer que presta el servicio, es un ex convicto que fue encarcelado, a su vez, por Batman.

La Gran Sociedad Libre, se presenta como una conspiración misteriosa, algo fantástica. Sus defensores temen y combaten el Marxismo, aunque nadie sabe qué es exactamente el Marxismo, y tampoco quiénes son los defensores.

En la Mansión, Batman es invitado a ocupar una habitación para huéspedes. La hermana de Mincho parece hacerle la corte a Batman. Entre una cosa y otra, el sueño del héroe queda perturbado. Necesita recurrir a barbitúricos para calmarse, pero ellos solo le proporcionan un sueño perturbador donde imagina un posible destino dramático para Robin, que ha ido a combatir a Vietnam.

La novela pivotea entre la crítica social, la parodia, el humor y la sátira política. La permanente pulsión sexual que atraviesa a los personajes: el deseo y las preocupaciones que los aqueja, nos habla de una confusión entre diferentes mundos. Todo parece divertido y alocado y peligroso e ingenuo a la vez. El disparate, entonces, se presenta como última alternativa o como la mejor alternativa. Confusión y transición son las dos palabras claves de esta novela. Una apoteosis surrealista que nos abraza en el delirio y la aventura.

viernes, 3 de febrero de 2017

Sobre la poesía política de Enrique Lihn UN HOMBRE CONCERNIDO: Por Vicente Undurraga



Sobre la poesía política de Enrique Lihn 
UN HOMBRE CONCERNIDO
Prólogo a La aparición de la Virgen y otros poemas políticos. Ediciones UDP, 2012.

Por Vicente Undurraga

“La idea del espíritu que presupone una esencia intemporal del hombre, indiferente a la historia, un cierto ‘reino de la libertad’ que se realiza al margen de la contingencia, esa idea anima el Cuerpo E de Artes y Letras mercuriales. Se puede combatir en su nombre, pero, claro está, a favor de una concepción idealizante de la cultura que deje, en cada caso, el mundo donde está”. Esto que con razonado desprecio escribió en 1984 Enrique Lihn ilustra, por oposición, con claridad meridiana lo que él mismo buscaba con su poesía: sacudir al mundo, o cuando menos a una parte de sus habitantes, de manera tal que tras la lectura ya las cosas no pudieran volver a verse con los mismos ojos (o, tal vez, que ya las cosas no estuvieran donde mismo). Hay veces en que la cultura –la poesía– o bien sirve primero que nada para conjurar el encandilamiento de todo mal o no sirve para nada mucho. Si el sol que en plena dictadura había que mamarse esperando las apariciones de la virgen en Villa Alemana quemaba los ojos de los fieles y curiosos, la poesía de Lihn se jugaba por devolver un reflejo hecho pedazos, a veces jocoso, otras filudo y otras conmovedor, del espectáculo en torno a esa virgen que el gobierno quiso hacer creer que veía en peladeros más bien infernales de Villa Alemana un tal Miguel Ángel –niño que terminaría cambiándose de sexo y llamándose Karol Romanoff, en lo que Pedro Lemebel acertó a calificar como “la transfiguración de Miguel Ángel”.

La aparición de la Virgen y otros poemas políticos, cuya factura editorial estuvo a cargo de Andrés Florit, se estructura en tres partes que describen muy bien el tránsito del espíritu con que Lihn se relacionó con la vida política del país y del mundo, con su tiempo, su lugar y su comunidad. En la primera parte aparece la oscilación entre una fervorosa y regular poesía militante y una brillante poesía celebratoria o reflexiva, que fue la que escribió antes del golpe, cuando la Revolución Cubana era todavía un sueño (o “el nacimiento del espíritu crítico”) y no una pesadilla de la que en vano se intentaba despertar. Es una poesía, la de estos años, en sus picos deslumbrante, humorística en ocasiones, que oscila sin tapujos entre asuntos universales y cuestiones estrictamente locales, y de la que sobresalen poemas como “Época del sarcasmo”, “La sedición” (donde aparece el “Dunny”), “A la clase media” o “La derrota”, que tiene una de esas comparaciones típicamente lihneanas, hechas como al paso pero que producen el duradero efecto de un fierrazo en la lectura: “El orador piensa en la muerte, y la muerte, por primera vez, en sí misma, con la perplejidad de una primera dama que fuera repentinamente violada por una horda de beats en su propia residencia”. Como sucederá en toda la obra de Lihn, la forma de los poemas varía ostensiblemente entre un libro y otro, pero son variaciones tácticas; para este pintor de la vida moderna no hay pinceles permanentes, pero sí se mantiene la estrategia poética: procurar “un saber que se ajuste como el tigre a su presa / al mal o somos pasto de la palabrería”.

En la segunda sección está el rastro, primero esperpéntico y luego cada vez más agudo y siempre chirriante, del quehacer de Lihn tras el golpe. De esa etapa es por ejemplo Lihn & Pompier, donde se pueden leer estos versos: “Si se prescinde de la indignación moral / se puede incluso sospechar que esa degollación / es una figura retórica de la Divina Providencia”. Naturalmente, Lihn sabía que no se puede prescindir de la indignación moral, no creía en la Divina Providencia y menos iba a sospechar de la veracidad de las degollaciones (una sospecha de ese tipo solo podía deberse a conveniencia o connivencia); versos así se explican, más bien, porque Lihn era un gran simulador de voces contrarias, de energúmenos. De esta etapa es también El Paseo Ahumada, cuya estridencia es la propia de unos textos que se proponen como un “canto particular”, y donde Lihn, en una maniobra que es en sí misma política (año 1983), entrega la voz y/o pone el foco en una mendicante víctima de la recesión. Casi treinta años después, la asombrosa actualidad de El Paseo Ahumada puede refrendarse en la lectura de “Muérete de gusto en una clínica particular”, con seguridad el más veraz y negramente divertido poema que se ha escrito sobre la usura en el sistema de salud privado de Chile.

Finalmente, se incluye entera La aparición de la Virgen, donde, ya lejos del temple del versificador de poemas como “A la clase media” o del sonetista ingenioso de París, situación irregular, Lihn opera una poesía de carácter frontal, cuando no confrontacional (aunque nunca deja de propiciar lecturas oblicuas), en apariencia descuidada, una poesía que le planta cara igualmente a la belleza pura y al presidente de la Corte Suprema, a la derecha (“los viejos sátrapas”) y a la CNI –todavía sorprende la rotundidad del poema que abre el libro: “Mil veces preferible quemarse los ojos para ver a la virgen / que estar en el elenco de los que filman con sangre”–. Y si esta poesía puede tener inclinaciones malsonantes o enrielar con frecuencia en la vía prosaica, esto en ningún caso es dable suponer que se deba a impericia o menos a inconsciencia o apuro del poeta. Más justo es pensar de Lihn lo que Joseph Brodsky pensaba de Eugenio Montale: “Su objeción al exceso estilístico es claramente ética, además de estética”. Dicho de un modo más cercano, Lihn no contradice toda su protesta con melodías rebuscadas y hermosas, que es, casi textualmente, lo que le impugnaba Jorge González, de Los Prisioneros, a mucho cantor de pretensiones contestatarias en el oscuro Chile de esos años.

La aparición de la Virgen, como su anterior El Paseo Ahumada, fue publicado por Lihn como un opúsculo, en formato y papel de diario –sorteando a la vez censura y pobreza– y con dibujos hechos por él mismo que adicionan densidad a los ya densos signos puestos en circulación mediante palabras por Lihn (en un dibujo aparecen esqueletos protestando). Y aquí nuevamente encaja algo de Brodsky sobre Montale: “Constituye casi una regla que, para sobrevivir bajo la presión totalitaria, el arte debe desarrollar una densidad directamente proporcional a la magnitud de dicha presión”. Y no es que se trate de un libro hermético u hostil, sino de un libro, por decirlo de algún modo, intenso, en el sentido de copiosamente cargado de alusiones, significaciones, citas e impugnaciones, todo en un ánimo entre desafiante, paródico (“Allanados y allanadores / venid y va-á-mos to-ódos”), juglaresco y, me atrevería a decir, democrático, pues Lihn no olvida ni cuando hace poemas de amor que la poesía no es una cuestión personal, cediéndole la palabra incluso a un especie de locutor de radio con aires cenetas (esto es, de miembro o simpatizante de la CNI).

La aparición de la Virgen es el libro de un poeta que se quedó en Chile (cuando salía, como se lee en “Voy por las calles de un Madrid secreto”, se veía diciéndose: “No sé qué mierda estoy haciendo aquí”), un poeta que casi fatalmente se fue quedando en Santiago y estableciendo una postura de hostilidad intelectual permanente y versátil hacia la dictadura y sus avales civiles, teniendo que asumir el lugar, es de suponer que hasta cierto punto incómodo para un carácter refractario como el suyo, de faro o referente para muchos. No sin vacilaciones se habrá animado a hacerse cargo de un episodio que involucraba a la Virgen, cuestión harto incómoda considerando, primero, que se trataba de una maniobra distractiva del gobierno y, segundo, que Chile es un país extremadamente mariano, un país donde se puede hacer burla o cuestión del Papa y de Cristo, de Adán y de Eva, pero de la Virgen no, porque medio mundo se enerva, cunden querellas y con facilidad todo puede terminar mal. Como sea, Lihn no se burla de la Virgen en ese libro, tampoco del niño Miguel Ángel ni de los crédulos. Su principal empeño, y también esto comporta una buena dosis de coraje político, consiste en desmantelar la precaria estructura retórica de un vil montaje comunicacional, terminando de escamotearle el sentido que nunca logro proyectar.

Aparte de una bitácora de las transformaciones de un sujeto y su contexto, las tres secciones de este libro integran la larga y apasionada crónica de una permanencia en el tiempo. Lihn era un poeta crítico, un metapoeta o contrapoeta como se ha dicho abusando de la cacofonía, pero este libro refuerza la idea de Lihn como un poeta ante todo ético, movido siempre por una moral de la responsabilidad, a la manera en que Hermann Broch o Violeta Parra eran escritores éticos, es decir, simplemente a la manera de un hombre o una mujer atentos a lo que su tiempo pudiera demandar, para menor mal del resto, de alguien como ellos, acicateados por el imperativo de incomodar el acomodamiento de la infamia en el país, el imperativo de no dejar el mundo tal cual estaba antes de acometerse su representación. Tal vez sea apropiado decirlo con las palabras con que Roland Barthes dejó indicada la relevancia de Bertolt Brecht: “Conocer a Brecht tiene una importancia distinta a la de conocer a Shakespeare o Gogol; porque Brecht escribe su teatro exactamente para nosotros, y no para la eternidad… La crítica brechtiana es pues una plena crítica de espectador, de lector, de consumidor, y no de exégeta: es una crítica de hombre concernido”. La poesía crítica de Lihn también lo es. Con la gracia adicional de resistir perfectamente una reedición veinticinco años después.

Que La aparición de la Virgen haya sido el último libro publicado por Enrique Lihn en vida (luego, póstumamente, saldría su Diario de muerte) da pistas para pensar qué habría escrito si hubiera traspasado el umbral de los años 90. Con seguridad, no sería de complacencia la mueca que su poesía y su persona habrían dejado escapar ante la contemplación del espectáculo –no sanguinario como el de la dictadura, pero apenas un poco menos injusto– de la democracia vigilada, de la justicia en la medida de lo posible y de la cultura entretenida.


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