miércoles, 7 de octubre de 2009

Monólogo del padre con su hijo de meses


Monólogo del padre con su hijo de meses


Nada se pierde con vivir, ensaya:

aquí tienes un cuerpo a tu medida

Lo hemos hecho en sombra

por amor a las artes de la carne

pero también en serio, pensando en tu visita

como en un nuevo juego gozoso y doloroso;

por amor a la vida, por temor a la muerte

y a la vida, por amor a la muerte

para ti o para nadie.


Eres tu cuerpo, tómalo, haznos ver que te gusta

como a nosotros este doble regalo

que te hemos hecho y que nos hemos hecho.

Cierto, tan sólo un poco

del vergonzante barro original,

la angustia y el placer en un grito de impotencia.

Ni de lejos un pájaro que se abre en la belleza

del huevo, a plena luz, ligero y jubiloso,

sólo un hombre: la fiera

vieja del nacimiento, vencida por las moscas,

babeante y rebosante.


Pero vive y verás

el monstruo que eres con benevolencia

abrir un ojo y otro así de grandes,

encasquetarse el cielo,

mirarlo todo como por adentro,

preguntarle a las cosas por sus nombres

reír con lo que ríe, llorar con lo que llora,

tiranizar a gatos y conejos.


Nada se pierde con vivir, tenemos

todo el tiempo del tiempo por delante

para ser el vacío que somos en el fondo.

Y la niñez, escucha:

no hay loco más feliz que un niño cuerdo

ni acierta el sabio como un niño loco.

Todo lo que vivimos lo vivimos

ya a los diez años más intesamente;

los deseos entonces

se dormían los unos en los otros.

Venía el sueño a cada instante, el sueño

que restablece en todo el perfecto desorden

a rescatarte de tu cuerpo y tu alma;

allí en ese castillo movedizo

eras el rey, la reina, tus secuaces,

el bufón que se ríe de sí mismo,

los pájaros, las fieras melodiosos.

Para hacer el amor allí estaba tu madre

y el amor era el beso de otro mundo en la frente,

con que se reanima a los enfermos,

una lectura a media voz, la nostalgia

de nadie y nada que nos da la música.


Pero pasan los años por los años

y he aquí que eres ya un adolescente.

Bajas del monte como Zaratustra

a luchar por el hombre contra el hombre:

grave misión que nadie te encomienda;

en tu familia inspiras desconfianza,

hablas de Dios en un tono sarcástico,

llegas a casa al otro día, muerto.

Se dice que enamoras a una vieja,

te han visto dando saltos en el aire,

prolongas tus estudios con estudios

de los que se resiente tu cabeza.

No hay alegría que te alegre tanto

como caer de golpe en la tristeza

ni dolor que te duela tan a fondo

como el placer de vivir sin objeto.

Grave edad, hay algunos que se matan

porque no pueden soportar la muerte,

quienes se entregan a una causa injusta

en su sed sanguinaria de justicia.

Los que más bajo caen son los grandes,

a los pequeños les perdemos el rumbo.

En el amor se traicionan todos,

el amor es el padre de sus vicios.

Si una mujer se enternece contigo

le exigirás te siga hasta la tumba,

que abandone en el acto a sus parientes,

que instale en otra parte su negocio.


Pero llega el momento fatalmente

en que tu juventud te da la espalda

y por primera vez su rostro inolvidable en tanto huye de ti que la persigues

a salto de ojo,inmóvil, en una silla negra.

Ha llegado el momento de hacer algo

parece que te dice todo el mundo

y tu dices que sí, con la cabeza.

En plena decadencia metafísica

caminas ahora con una libretita de direcciones en la mano,

impecablemente vestido, con la modestia de un hombre joven que se abre paso en la vida,

dispuesto a todo.

El esquema que te hiciste de las cosas hace aire y se hunde en el cielo dejándolas a todas en su sitio.

De un tiempo a esta parte te mueves entre ellas como un pez en el agua.

Vives de lo que ganas, ganas lo que mereces, mereces lo que vives,

has entrado en vereda con tu cruz a la espalda.

Hay que felicitarte:

eres, por fin, un hombre entre los hombres.


Y así llegas a viejo

como quien vuelve a su país de origen

después de un viaje interminable

corto de revivir, largo de relatar,

te espera en tí la muerte, tu esqueleto

con los brazos abiertos, pero tu la rechazas

por un instante, quieres

mirarte larga y sucesivamente

en el espejo que se pone opaco.

Apoyado en lejanos transeúntes

vas y vienes de negro, al trote, conversando

contigo mismo a gritos, como un pájaro.

No hay tiempo que perder, eres el último

de tu generación en apagar el sol

y convertirte en polvo.


No hay tiempo que perder en este mundo

embellecido por su fin tan próximo.

Se te ve en todas parte dando vueltas

en torno a cualquier cosa como en éxtasis.

De tus salidas a la calle vuelves

con los bolsillos llenos de tesoros absurdos:

guijarros, florecillas.

Hasta que un día ya no puedes luchar

a muerte con la muerte y te entregas a ella,

a un sueño sin salida, más blanco cada vez,

sonriendo, sollozando como un niño de pecho.


Nada se pierde con vivir, ensaya:

aquí tienes un cuerpo a tu medida,

lo hemos hecho en la sombra

por amor a las artes de la carne

pero también en serio, pensando en tu visita

para ti o para nadie



de La pieza oscura, 1963


1 comentario:

  1. qué magno poema, no? maravilloso...lindo blog. interesante volveré.
    saludos desde valdivia chile.

    Daniel ese blog con mi nombre se me borró al borrar un correo y era del 2007. aquí te mando este. muchas gracias. ab.

    http://escuchamecallandochile.blogspot.com

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