martes, 16 de marzo de 2010

Andrea Lihn edipo a mucha honra


Andrea Lihn edipo a mucha honra

Genéticamente intensa. De penas grandes y risas fuertes. Andrea, la hija del poeta Enrique Lihn, lame sus heridas con el montaje de la obra Enrique por Lihn, donde interpretará a las mujeres de su padre. Las conoció siendo muy niña: La mujer que entrara a nuestra vida, para mí era peligrosa, mi papá era lo único que yo tenía. Viví con el trauma del abandono materno.
Por Lourdes Andrés. Fotografías: Leo Vidal

Cuando Enrique Lihn presentó su libro A partir de Manhattan y leyó el poema Para Andrea, esos versos, Ella baila con sus alas de artista/ como una gitana al son de violines húngaros/ y no se detiene dos veces en la misma flor le costaron que su hija Andrea Lihn (hoy de 41 años) se fuera de la casa y le negara la palabra durante tres meses, aunque en silencio los Lihn podían convivir perfectamente. Es que esa metáfora de una mariposa que era alguien como yo, una persona que no profundizaba..., fue muy fuerte, como no podía criticarme directamente lo hacía a través de su poesía y me marcó mucho en una época en que yo ya hubiera podido compartir con él lo que escribía.

- ¿Te gustaba su obra?

- Para ser franca, en el tiempo en que mi papa vivía, yo leía muy poco sus cosas. Tenía que ver con la tranca de que él estaba siempre en la literatura y no conmigo.

- ¿Celos?

- Sí. Es que tú ibas a mi casa y entrabas al baño... y el canasto de la ropa sucia, lleno de libros..., en la cocina, libros abiertos... Saludabas a mi papá y te hacía una seña para que no lo interrumpieras porque estaba leyendo. Caminaba por la calle leyendo... De alguna manera él me creó una aversión hacia la literatura. No cuando yo era chica, porque entonces me dedicaba poemas muy bonitos... fue después.

Sus padres se separaron cuando tenía un año y su madre, Ivette Mingram (bailarina y mimo), sintió que no podía hacerse cargo económicamente de ella. Los Lihn decidieron que lo mejor era aceptar la proposición de que viviera con sus abuelos, a su cargo, en una casa grande, donde todo funcionaba bien.

- Fui la séptima hermana de mi papá, educada por sus mismos padres y con sus mismas trancas. Mi padre entraba y salía, a veces estaba meses fuera. Vivió en Cuba cuatro años y nunca lo vi en todo ese tiempo.

- ¿Cómo recuerdas ese período?

- Mientras lo vives no te das mucha cuenta. Pero de las etapas que no viví con mi papá tengo vacíos y eso me hace pensar que no lo pasaba muy bien. Mi abuela era una mujer algo dura. Cuando mi papá estaba presente, era mi punto de apoyo. Pero fue mi tía Nieves, su hermana mayor, quien me dio la parte afectiva. Ella - quien es la mamá de Raúl Alcaíno- me enseñó el lado femenino, porque mi abuela era una persona muy austera, que nunca usó un perfume ni se pintó los labios. Mi tía Nieves, en cambio, me regaloneaba. Cuando murió, yo tenía 17 años, se disgregó mucho la familia.

- ¿Qué te provocaba vivir en casa ajena?

- Me sentía un estorbo, como una apátrida que no pertenecía a nada y que nada me pertenecía. Sé que mi papá hizo un gran esfuerzo para ser padre, pero era algo que lo sacaba de su mundo. Lo de mis padres fue un romance apasionado, absolutamente inmaduro. No creo que ellos se plantearan formar familia ni nada de eso; o sea, se casaron y no sé por qué se casaron, y al año me tuvieron. Mi padre me mitificó y se enamoró absolutamente de mí, dijo que era el poema más bello que había hecho, aunque suene siútico; pero no se la pudieron como familia.

Después de la separación, vivía con su madre los fines de semana. Pero ella no podía soportar que el domingo, cuando me dejaba con mi papá, yo llorara. Ella escabullía al dolor, a cualquier situación que la pusiera un poco en jaque. Como no podía con ese llanto, era mejor agarrar una maleta e irse a Francia.

Establecieron una relación por carta. Luego hubo un intento fallido de vivir todos en París, separados, pero más cerca. Andrea tenía siete años cuando regresó con su padre.

- La sola idea de quedarme allá con mi mamá no podía soportarla. Era una persona muy lejana a mi existencia, un ser absolutamente desconocido. Ella después recorrió el mundo, me vino a ver cuando tenía once años y después nunca más. Borró a Chile de su vida, tampoco habló más español. Yo la he ido a ver varias veces, pero han sido encuentros poco gratos. En nuestra relación hay mucha culpa, hay dificultades para entendernos que van más allá del lenguaje.

De vuelta en Chile, Andrea recibió la sanción social.

- En el colegio a los niños les prohibían juntarse conmigo. Yo representaba el peligro: tenía un papá poeta que usaba el pelo largo y nunca fue a una reunión de apoderados. Era mi abuela quien estaba en lo cotidiano. Creo que nunca me echaron de los colegios porque ella les daba pena. Estuve en el San Gabriel, hasta que me engrupí a mi papá para que me metiera al Marshall, porque quería ahondar en inglés. Como el pobre no cachaba, me metió y casi se murió. Luego, a los 13 años, me fui al Liceo 7, porque yo decía a mí me gusta Allende, voy a un liceo.

- ¿Tus hijos son tan intensos como tú?

- Tengo la esperanza de que mi hija Sofía, de tres años, sea menos; pero Enrique, que tiene once, es tremendo, de una sensibilidad extrema. Es bonito, hasta poético ser así, pero se sufre mucho. Mi padre nunca se pudo volver a casar. Estuvo a punto cuando yo tenía seis años y tuvo que pelear porque yo era muy celosa. La mujer que entrara a nuestra vida para mí era peligrosa, mi papá era lo único que yo tenía. Las que llegaban me hacían la pata y trataban de congraciarse y yo nada de nada, tenía el trauma del abandono materno.

- Hay quienes dicen que en la poesía chilena hay un antes y un después de Lihn...

- ¡Uf..! Yo no soy muy literaria, no leo mucha poesía. De él he leído y releído todo, salvo Diario de muerte. Ese fue el último libro que escribió mientras estaba en su lecho de muerte, con cáncer; yo terminé copiándolo y él me lo dictaba. Es un libro que no he tenido el valor de leer, es muy intenso, le habla a la muerte directamente, habla de la calva, que la ve, la siente, que va entrando a su pieza.

En la casa de los Lihn todo giraba en torno al arte y todos los amigos de su padre eran artistas o poetas. El amaba a Parra, aparte de que era su gran amigo lo admiraba. También a De Rokha; la Mistral le encantaba, y Huidobro. Al que no le tenía ningún aprecio era a Neruda, nada. De eso me acuerdo muy bien. Los comentarios de mi padre no tenían nada de light, eran lapidarios, sarcásticos, no quedaba títere con cabeza. Ese era mi mundo. Y gente como Parra o Alejandro Jodorowsky para mí eran seres comunes y corrientes.

- ¿Te gustaba eso?

- Yo me paraba y me iba. Me lateaba mucho, hablaban cosas demasiado complicadas, yo quería comentar cualquier lesera, y era imposible... Me iba y me sentaba en mi pieza a ver la telenovela.

- ¿Como acto de rebeldía?

- No, yo me estaba rebelando contra el padre. La rebeldía hubiese sido ser una secretaria (y lo fui un tiempo). También estaba en la elección de mis pololos, que eran empresarios. En ese sentido yo me rebelé, él no lo podía soportar.

Lo curioso es que cuando Andrea quiso estudiar teatro, su padre le pidió que no lo hiciera. Estudió publicidad, fotografía, maquillaje y trabajó como secretaria de una oficina de abogados. Estuve deambulando hasta los 25 años. Hasta que decidió nuevamente ser actriz. En Chile estudió en la Escuela de Fernando González; en Francia, en el Conservatoire dArt Dramatique du Paris y en la escuela de Jacques Lecoq.

- El teatro fue lo primero en lo que fui perseverante. Eso resultó muy importante para mi papá y terminó aceptándolo. Además, se dio cuenta de que no era un mundo como en sus tiempos y que yo lo manejaba, que no tenía por qué pasarme toda la noche tomando en una esquina. Siempre fue absolutamente crítico, se sentaba en primera fila y era mi mejor espectador. Desde el primer momento, supe que tenía su apoyo incondicional.

- ¿Cómo es ahora tu relación con el teatro?

- Por un lado, siento que me ha ido mal; pero por otro, soy muy selectiva en mi carrera. En ese aspecto lo he hecho bien, porque no me he prestado para hacer nada que no me parezca. En ese aspecto me ha ido fantástico, porque tener una postura es importante en cualquier artista, no sólo un actor. Siento que quizás sea soberbia o tomárselo muy en serio, pero he hecho del teatro algo extremadamente serio y creo que tiene que ver mucho con mi papá. Nunca le he sacado partido económico, no he insistido en entrar a la televisión, me he quedado un poco fuera del staff de actrices.

- ¿Y por qué no obstinarse más por entrar en la televisión?

- No sé. Estuve en Sussi, con Justiniano, y lo pasé requetebien, pero tengo poca experiencia. Lo poco que hice me gustó y si me propusieran una teleserie la haría, me gustaría vivir esa experiencia, y porque evidentemente me tengo que sacar la mugre para hacer miles de cosas para sobrevivir y que me desconcentran del trabajo teatral. Pero no soy buena para todo lo social que involucra estar en el medio, el ir a los estrenos.

- Un asunto de carácter.

- He tenido períodos muy para adentro, que tienen que ver con mi pasado. La verdad es que... le tengo un poco de susto a los actores, a su crítica. También tiene que ver con la autoestima el que yo no haga más de lo que hago y el ser tan puntillosa.

- ¿Tienes la vara muy alta?

- Evidentemente, teniendo a mi papá como escritor, la vara es muy alta en todo sentido. Con la elección de los trabajos, con la forma de vivir. Mi papá siempre ha sido un ejemplo de vida, era una persona extremadamente consecuente, muy honesto, verdadero, sin nada por detrás. Siempre a mi papá lo vi - perdonando la poca modestia- por encima de los demás en su forma de ser y en la actitud que tenía hacia la vida.

- ¿No es un poco edípico eso?

- Puede ser, pero fíjate que mientras más conozco gente, más me doy cuenta de que mi papá es un tipo caballo. Me ha costado mucho tener pareja. Yo tengo el recuerdo de mi padre, que jamás le pidió a una mujer que le planchara una camisa. A las empleadas siempre las trataba de usted y les pedía las cosas por favor, siempre hubo mucho respeto en lo cotidiano. Jamás entró a mi pieza sin tocar la puerta. Era una persona extremadamente fina. Contestando a tu pregunta, sí, puede ser edípico, pero la verdad es que... a mucha honra.

- ¿Cómo te llevas con tus hijos?

- No es por casualidad que no estoy actuando siempre. Yo necesito que mis niños tengan un punto de referencia importante, una casa, un hogar, porque yo no lo tuve.

- ¿Has logrado el equilibrio?

- Ser actriz seria y mamá seria me ha costado. Porque cuando actúo dejo todo botado. Me cuesta equilibrar las dos cosas: estoy todo el día pensando en la obra, y los niños me hablan y no los escucho. Si llego tarde de los ensayos siento que ellos se van a quedar solos y se van a asustar si no estoy. Y no he encontrado el equilibrio, lo estoy buscando. Tengo terror de hacerlos sentir ausencias o inseguridades, cosas que yo sentí toda mi vida. He sido un pilar muy fuerte para mis hijos, ha tenido prioridad eso. También influye mi parte emocional. Soy muy vulnerable y me ha costado enchufarme en ciertas cosas, he pasado períodos con cosas familiares no resueltas y ha primado eso más que el teatro.

Con el trabajo Remite Enrique ganó un Fondart en 1999. Así se llamó al principio, pero luego derivó a Enrique por Lihn, al cambiar el proyecto de monólogo a tres actores.

- ¿Va a ser catártico interpretar a las amantes de tu padre?

- Exactamente, será bastante terapéutico, por eso mismo me ha costado tanto hacerlo. En la última obra que hice de él, al terminar pasé por una depresión caballa y como me dijo la terapeuta que veía en ese tiempo, era un poco como volver a estar con mi papá. Pero este proceso ha sido el más largo de todos, el más complicado.

- ¿Te hace bien ligar tus proyectos personales a tu padre?

- La historia con mi papá es una historia inconclusa en el total sentido de la palabra, personal y profesionalmente. Quedaron muchas cosas por decirnos, cosas por hacer. Hay algunas obras que escribió pensando en que podríamos hacerlas juntos, pero yo siempre estaba ocupada trabajando con Griffero y sus proyectos en el Trolley. Nunca se me pasó por la mente que mi papá iba a morir. Ese hombre enorme, maravilloso, genial, jamás. Era inmortal. Pero nos faltó tiempo.

- Y con esta obra, ¿pretendes recuperarlo?

- Es que yo me siento un poco responsable de sus cosas, de su obra. Soy su única heredera, la única que tiene sus cosas. De alguna manera, siento que es recuperar algo que no hicimos juntos. No sé, me hubiese gustado conversar tantas cosas con él que no conversamos, que no llegamos a superar, porque teníamos una relación súper difícil. Siento que a través del teatro me voy curando de esos conflictos que teníamos como padre e hija.


1 comentario:

  1. Uffff Andrea.....te conocía pero no te conocía..

    Pato Ibáñez

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